2008
01.31

A eso de las nueve menos cuarto, cuando uno vuelve a dormir después de los primeros despertares automáticos, me hallaba sumergido en el sueño más placentero, ese estado de penumbra mental que permite disfrutar del momento en su plenitud: la calidez de las sábanas limpias, el colchón amoldado alrededor del cuerpo, la temperatura constante, el estruendo de la ciudad paseando delante de mis oídos, la vejiga sugiriendo que ya era hora de cambiar el agua a las aceitunas, el estómago rugiendo, la erección matutina, y otras cosas que hace el cuerpo para arrancar en frío.

Fue en ese instante que mi despertador alemán, diligente, encendió la radio en la sintonía de Radio Clásica. Me llegaron las notas perplejas de instrumentos de cuerda, lentas en su proceder, como si la orquesta se hubiese dormido en su sitio y se hubiera reanimado tañendo violines y demás trozos de madera. Alguna obertura de algún compositor muerto en edad temprana. Muy apropiado. Dejé que los sonidos se estiraran medio minuto más y acaricié el Grundig en busca del botón de apagado, que aporreé sin gracia. Volví a hundirme en la cama con los ojos cerrados, abrazando la almohada. No quería nacer aún. No un lunes por la mañana, desde luego.

- Levántate y camina, Lázaro -, me dijo la almohada.

- Hhrrmfmfpg -, contesté.

La almohada, como era de esperar, siguió en su sitio. Tener la movilidad de un pato muerto hace que las almohadas desarrollen una personalidad cínica y una lengua afilada.

- Venga, afronta el nuevo día. Carpe diem, mamón.

- Estoy cansadísimo. Hecho polvo. ¿Es que no lo ves? -, le pregunté abriendo un ojo irritado.

- Entonces es un buen momento para soltártelo.

- ¿El qué?

- Te dejo -, comentó somera y algo indignada.

Esas palabras me despertaron del todo. Apoyé el codo al colchón y me incorporé a medias, mirándola. La huella de mi cabeza seguía allí, como un cráter de franela.

- ¿Por qué? -, pregunté. Mi voz sonaba pastosa. Los ojos, llenos de legañas.

- Estoy harta de que me abraces, estrujes, aplastes y me sueltes tus babitas cada noche. Se acabó. Búscate a otra. Una de esas furcias jóvenes de látex. Esas anatómicas, con curvas.

- Pero…

Si la almohada hubiera podido cruzarse de brazos, lo habría hecho. Se limitó a seguir inmóvil, impertérrita. No esperaba tamaña reacción. Mi fiel compañera iba a dejarme en la estacada, a abandonarme para siempre, como un fiambre en la cuneta de una carretera rural.

Reaccioné con el mayor dramatismo posible: bostezando y volviendo a dormir.

2008
01.19

Se arrastró por la acera acolchada en dirección del Croydon. Junto a él, a cierta distancia, se desplazaban otros proletarios, más torpes y lentos. Era el final de un turno de trabajo: el viento soplaba con fuerza, pero ningún objeto conseguía levantarse más de unos centímetros del suelo. La basura se deslizaba por encima de las baldosas de polímero elástico, retenida por la gravedad. El cielo tenía un brillo anaranjado: ambos soles, uno amaneciendo y otro poniéndose, desprendían un calor cruel, afilado. Aquella tarde sentía más peso de lo normal.

Pasados unos minutos la calle era ya un concierto sincopado: los compresores de los trajes – que permitían a los trabajadores respirar y bombear sangre en sus cuerpos – llenaban el aire con el ronquido de motores neumáticos, interrumpido únicamente por los gruñidos que constituían el único dialecto posible para quien no tenía la fuerza de articular sílabas. Para gruñir hacía falta parar en seco, y eso podía generar atascos. Si la retención duraba demasiado, o si había indicios de algún tipo de reunión clandestina, pequeños y ágiles droides de titanio salían de sus madrigueras y propinaban descargas a los responsables.

Por suerte Ash había sido ascendido a capataz intermedio. La nueva carga de responsabilidades conllevaba la asignación de un generador anti-grav algo más eficiente, que podía permitirle, en contadas ocasiones, erguirse sobre las piernas y lanzar algunas palabras guturales. Al detectar una aglomeración de mineros del nivel más bajo se concedió el capricho de levantarse y superar el obstáculo. Lo hizo despacio, mientras los otros le dedicaban miradas de envidia alzando un poco los gruesos cuellos en señal de desafío. En cuanto el traje comenzó a pitar volvió raudo a gatear sobre las rodilleras deslizantes: le costaría un día de paga. Sin embargo, la demostración de estatus era algo demasiado tentador, demasiado satisfactorio.

De repente se cruzó con un grupo de escolares: no tendrían más de seis años. Maravillado por la agilidad y la inocencia de esos renacuajos detuvo su recorrido para dedicarles una mirada. Cualquiera de ellos hubiera podido ser su hijo, mas nunca lo sabría: la reproducción natural era imposible sin una reducción de gravedad, así que su acervo genético, junto al de otros millones de operarios y mineros, era procesado en granjas robotizadas. El nuevo ser, criado en cámaras especiales hasta su completo desarrollo, era educado con los mejores medios posibles. Los niños miraban con curiosidad a esas criaturas que gateaban lentamente y gruñían: era demasiado pronto para que ellos comprendieran.

Se les hablaría del Gran Éxodo, del Orden Obligatorio, y de la Ligereza como un bien escaso que era preciso entregar a quienes más lo merecieran; de como toda la economía giraba alrededor de los minerales necesarios para alimentar los dispositivos anti-grav; y de la imposibilidad de abandonar el planeta sin haber amasado una cantidad suficiente de esas materias primas. Tres grandes naves en plena construcción descansaban en el centro de la ciudad. Aunque nadie se preguntase si serían suficientes para evacuar a toda la población, o si alguna vez serían completadas, allí yacían, como templos inacabados. Eran las estructuras más altas de toda la ciudad – unos diez metros por encima del nivel del suelo.

En un mundo sin padres los pequeños crecían visualizando cuentos holográficos, narraciones mitológicas que anunciaban el viaje a un mundo utópico de baja gravedad donde cualquiera habría dado brincos con sólo desearlo, donde estar de pie no habría sido un privilegio para la élite sino algo tan normal como vivir mirando la tierra.

Desvió esos pensamientos concentrándose en su objetivo. Quería olvidarlo todo, ahogar las penas con drogas ilegales que podían darle a uno la falsa impresión de estar flotando. Al cabo de media hora consiguió llegar a la puerta del Croydon, el lugar de descanso favorito del populacho. La mayoría de trabajadores se alineó sobre haces de cintas transportadoras que les llevarían alrededor de una de muchas burbujas transparentes de vidrio, donde se aglomeraban emitiendo ocasionales gruñidos de excitación. A través de ellas se divisaban bailarinas semi-desnudas. Sus cuerpos esbeltos nunca habían sufrido los efectos de la gravedad excesiva, y sus movimientos sugerían al mismo tiempo sensualidad y derroche. La cantidad de energía que gastaban para disminuir la atracción gravitatoria habría bastado para hacer caminar a diez obreros durante una semana.

Ensimismado delante de una burbuja, Ash no se percató de que a su alrededor se había formado el silencio. Dio la vuelta, muy despacio, y su vista topó con un par de piernas robustas en pantalones blancos.

- Hola Ash. ¿Disfrutando del tiempo libre? – dijo una voz irónica desde lo alto.

No consideró la situación tan importante como para levantar el cuello y arriesgarse a sufrir una rotura muscular. Con un gesto de la mano extendió un espejo panorámico escondido en el guante. Fue suficiente para ver que quien le dirigía la palabra llevaba el uniforme del Orden Obligatorio. Debía atenerse a sus caprichos, cualesquiera que fuesen.

- Sígueme. Si no te importa voy a agilizar los trámites.

El oficial insertó un módulo adicional en el anti-grav de Ash. Nada más completarse el acoplamiento de carga experimentó una maravillosa sensación de relax: su peso disminuyó en un tercio. El otro le agarró del brazo, y le obligó a ponerse de pie, aún manteniendo una postura encorvada. El placer que le causaba poder caminar y verlo todo desde arriba (las caras indescifrables de los demás, los surtidores de zumo fermentado, las luz de las burbujas) se mezclaba al miedo y a la incapacidad para determinar qué ocurriría a continuación.

Atravesaron la ciudad abriéndose paso entre rebaños de trabajadores. El agente se movía con soltura y arrogancia, mientras que Ash, no acostumbrado a caminar tanto tiempo, se tambaleaba y tropezaba en cualquier irregularidad del terreno. Entraron en un edificio blanco, anónimo. El suelo de cerámica y la ausencia de cintas dejaban claro que ese lugar no estaba pensado para ciudadanos que gateasen. Atravesaron pasillos anónimos y Ash pudo ver a otras figuras caminar de pie. Por lo general todos le ignoraban.

- Dime, ¿qué tal se te da hablar? ¿Crees que podrás hacerlo sin recurrir al teclado ocular?

- S-sí -, contestó Ash luchando con los músculos de su lengua.

- Buen chico. Puedes llamarme Damon.

- T.. D-Dam…

- Ahorra las energías para después, ¿quieres?

Damon vestía prendas blancas, ligeramente holgadas. El elegante cinturón anti-grav, plateado, se ceñía alrededor de su cintura a la perfección. Por la robustez de su cuerpo se podía intuir que disfrutaba entrenando su organismo disminuyendo la potencia del aparato. En la pechera campeaba el martillo dorado, símbolo del Orden Obligatorio. No hacía falta imaginar cuál sería el yunque.

- Siéntate -, ordenó Damon al llegar ambos a una pequeña sala iluminada.

Ash no se sentaba: lo habitual era acostarse sobre el suelo. Se acomodó lentamente sobre el cilindro de acero, temiendo que su columna se partiera de un momento a otro. Pero eso sólo habría ocurrido antes de ser nombrado capataz. Comenzó a mirar asustado el ambiente: las paredes lisas y sin decoraciones, los muebles de acero, y Damon, quien estaba echando un vistazo a los informes proyectados sobre su mesa.

- Te llevo siguiendo desde hace un tiempo -, comentó con una leve sonrisa. Al ver que Ash no reaccionaba levantó la mirada: – Con esa potencia deberías poder hablar sin problemas. ¿No vas a hacerlo?

Ash cerró los ojos. Notaba menos tensión en los músculos de la cara y la lengua, pero hacía tiempo que no intentaba hablar en Lengua Ligera. Frunció el ceño y los labios e improvisó alguna caricatura de fonema, al mismo tiempo que Damon, complacido, apoyaba los codos a la mesa, entrelazando las manos. Respiró hondo.

- P-puedo h.. hablar. – consiguió decir. Damon soltó una carcajada fraternal.

- ¿Es una hermosa sensación, verdad?

- Sí.

- Dime, ¿te gustaría tener un anti-grav completo?

Ash desgranó los ojos. ¿Por qué a él? Un anti-grav al 100% era cosa de la clase alta. Hubiera podido correr, caminar, incluso saltar. Era un cambio inconcebible, sospechoso. Pero el deseo de liberarse era también intensísimo. El otro seguía sonriendo y expresando un completo dominio de la situación.

- ¿Por qué… yo? – preguntó con el tono más serio que pudo producir. Damon arqueó una ceja.

- A cambio de tu cooperación.

- ¿Q-qué cooperación?

Damon apretó uno de los puños sobre la mesa.

- Otros han tenido menos dudas que tú. No me lo pongas difícil.

Ash se quedó paralizado. Por supuesto, hubieran podido matarle y hacer que su cuerpo apareciera en una mina. Eso no era un problema. Veía el asunto con cierto fatalismo. Aún así la dura mirada del oficial bastó para causarle inquietud.

- La cosa funciona de esta forma: yo te contaré qué esperamos de ti. Tú escucharás y, si te parece bien, aceptarás cooperar. Dispondrás de lo prometido y trabajarás de forma encubierta. Si no aceptas, te mataré. ¿Acaso no es un buen trato?

- ¿Qué tengo que hacer? – preguntó Ash después de deglutir con fuerza.

Damon se reclinó en su silla anatómica y sonrió. A sus espaldas se iluminó una pared. Mostraba una imagen que Ash tardó unos segundos en comprender plenamente. Una gran sección de mina subterránea con docenas de obreros, algunos de ellos de pie. La instantánea, tomada probablemente en secreto, era borrosa. Pero en el centro de la misma se podía ver perfectamente el cuerpo aplastado de una rica y joven mujer.

- Infiltración – fue la única palabra que el oficial soltó al cabo de ese rato de incómodo silencio.

[Continuará...]

2008
01.11

GameMaster IIEl que se ve a la izquierda es el GameMaster II, un arco recurvo tradicional de la prestigiosa casa americana Hoyt.

Estaba cansado del Martin X-200: a pesar de ser un buen arco tenía un comportamiento que los expertos definen coloquialmente como “nervioso”, algo bastante común a la gran mayoría de arcos monoblock. Así que, a pesar de existir alternativas muy jugosas – como el Predator o el magnífico Dark Archer – he preferido pisar terrenos más modernos y heréticos.

Hoyt no se conoce mundialmente por sus arcos tradicionales1, sino más bien por sus arcos olímpicos y de poleas2 ; y, en efecto, el cuerpo del GameMaster recuerda a estos últimos. Preferí la versión negra frente a la camuflada, y lo cierto es que su aspecto resulta magnífico. He optado por palas de 55 libras: al ser un arco mecanizado3 se abre infinitamente mejor. Y se puede desmontar, un detalle nada despreciable cuando se trata de viajar o almacenarlo.

Un arco sin flechas adecuadas no sirve de gran cosa, así que también me he agenciado una docena de Easton X7 Eclipse con plumas azul oscuro. Ya he probado a tirar con él y su rendimiento es sobresaliente (además de silencioso).

Tal vez el único problema consista en su aspecto, que genera desconfianza entre los arqueros tradicionales. Al amigo Akin, por ejemplo, le causa cierta repulsión ideológica. El mero hecho de que se le pueda montar un reposaflechas o un estabilizador (convirtiéndolo en arco clásico) y la extraña forma del cuerpo mecanizado provoca alguna que otra reacción alérgica a los puristas. Es cierto que los arcos más bonitos son los de una sola pieza (como los Great Plains, los Bear o los Black Widow) pero también es verdad que para disponer de un rendimiento aceptable hace falta desembolsar más euros que con un Samick estéticamente soso.

Si es que uno tenía que ser geek hasta eligiendo el arco :-)

  1. Se entiende por arco tradicional aquel que no dispone de ayudas tales como un reposaflechas, un estabilizador, etcétera []
  2. También conocidos por el apelativo de “Compuestos” []
  3. De cuerpo metálico []
2008
01.09

Mordor ReloadedHace tiempo que olvidé mi verdadero nombre, y aunque lo supiera sería inútil. Es suficiente con decir que soy un dios.

No es una frase irónica. He sido condenado por la eternidad a ser el dios del pequeño y desierto planeta KD392919, mi celda esférica de 12.000 kilómetros de diámetro. Soy el único habitante de esta estéril masa de silicatos. Y no puedo salir de ella. No sé por qué estoy trazando estas palabras en una placa basáltica grande como Wyoming: nadie las verá nunca. Nadie se asombraría, en todo caso, de mi relato. Pero el deseo de comunicar es demasiado poderoso, y yo estoy demasiado ido como para dejar de cavar canales con mi dedo.

Dejadme que os cuente primero algunos detalles. Tal vez así lo comprendáis mejor.

En un momento indeterminado el Gobierno Interdimensional decidió crear un nuevo y perverso tipo de pena para quien cometiese delitos particularmente graves (como los de pensamiento). Quien conociera la complejidad y el caracter inhumano de una burocracia que se extiende por todas las dimensiones posibles y por los recovecos mismos de la psique no se sorprendería en absoluto de sus estrafalarios gustos en cuanto a orden público. La medida, dadas las características de los legisladores, se aplicó hacia el pasado y hacia el futuro en todos los flujos temporales.

Esta pena, decidieron por unanimidad, consistiría en relegar al reo en uno de los infinitos planetas desiertos que componen el Multiverso, dándole inmortalidad y poderes absolutos dentro de su yerma y despoblada jurisdicción. El condenado no podría abandonar nunca el cuerpo celeste, ni tampoco comunicar directamente con el exterior. Hasta la fecha han sido creados millones de dioses como yo, y la mayoría ha optado por suicidarse haciendo saltar por los aires el núcleo planetario. Sí, son esos preciosos destellos que veis en vuestros telescopios.

Ser un dios cautivo es como estar en una pesadilla recurrente, infinita y dolorosamente real, sin despertares y sin más monstruos que uno mismo.

Al principio uno siente un ligero y amargo optimismo y piensa que puede modificar a placer su destino. Se pone manos a la obra y, negando su impotencia, empieza a probar los nuevos e ilimitados poderes. Miles de veces he modificado la orografía de los continentes, despedazado montañas con un abrir y cerrar de ojos, cavado túneles de un lado a otro de la superficie, hecho explotar volcanes, secado y vuelto a llenar oceános, amasado torres imposibles hasta los límites de la estratosfera, y un largo y mitológico etcétera. Así una y otra vez, durante milenios.

El placer que puede hallarse en este patio de recreo, sin embargo, deja muy pronto de ser algo satisfactorio. La sonrisa torcida inicial se convierte en una mueca de aburrimiento y desesperación. He estado muchísimo tiempo sumido en la apatía, y en un sueño peor que la muerte, maldiciendo mi condición, mirando el cielo parduzco y tóxico desde el fondo de un cráter creado por mi caida. El peso de la soledad se vuelve doblemente intenso. Cuando el pequeño dios se percata de que su poderío no es nada sin un público, y que la soledad es un yugo insoportable, entonces todo se vuelve vacío y sin sabor. Muchos, como os dije, no soportan la perspectiva e intentan matarse desmembrando el planeta que le ha sido asignado.

Intentando desmarcarme de la mayoría he emprendido un sendero constructivo. Con un tiempo ilimitado a disposición he experimentado con los elementos, pensando en cómo crear vida. No tenía mucho más que hacer, excepto dedicarme a la masturbación geológica. Así que a partir de los primeros caldos primordiales, con mucha paciencia, intenté cultivar diminutas poblaciones de bacterias y algas. He invertido gran parte de mi tiempo en esta tarea, y aunque no esté seguro de que vaya a obtener algo útil al menos dispongo de un pasatiempo. Superados mis instintos más rabiosos, voy dándome cuenta del valor educativo de la pena infligida. Veo con otros ojos la malicia de quien me desterró aquí. No ha sido fácil, pero empiezo a sentirme rehabilitado.

Puede que dentro de algunos miles de millones de años, después de una espera durmiente, consiga tener fieles. Para aquel entonces tendré por fin alguien a quien achicharrar o ahogar bajo un diluvio. Y esa perspectiva, francamente, basta para llenar de esperanza el corazón de un dios.