Sixteen Tons (I)

Se arrastró por la acera acolchada en dirección del Croydon. Junto a él, a cierta distancia, se desplazaban otros proletarios, más torpes y lentos. Era el final de un turno de trabajo: el viento soplaba con fuerza, pero ningún objeto conseguía levantarse más de unos centímetros del suelo. La basura se deslizaba por encima de las baldosas de polímero elástico, retenida por la gravedad. El cielo tenía un brillo anaranjado: ambos soles, uno amaneciendo y otro poniéndose, desprendían un calor cruel, afilado. Aquella tarde sentía más peso de lo normal.

Pasados unos minutos la calle era ya un concierto sincopado: los compresores de los trajes - que permitían a los trabajadores respirar y bombear sangre en sus cuerpos - llenaban el aire con el ronquido de motores neumáticos, interrumpido únicamente por los gruñidos que constituían el único dialecto posible para quien no tenía la fuerza de articular sílabas. Para gruñir hacía falta parar en seco, y eso podía generar atascos. Si la retención duraba demasiado, o si había indicios de algún tipo de reunión clandestina, pequeños y ágiles droides de titanio salían de sus madrigueras y propinaban descargas a los responsables.

Por suerte Ash había sido ascendido a capataz intermedio. La nueva carga de responsabilidades conllevaba la asignación de un generador anti-grav algo más eficiente, que podía permitirle, en contadas ocasiones, erguirse sobre las piernas y lanzar algunas palabras guturales. Al detectar una aglomeración de mineros del nivel más bajo se concedió el capricho de levantarse y superar el obstáculo. Lo hizo despacio, mientras los otros le dedicaban miradas de envidia alzando un poco los gruesos cuellos en señal de desafío. En cuanto el traje comenzó a pitar volvió raudo a gatear sobre las rodilleras deslizantes: le costaría un día de paga. Sin embargo, la demostración de estatus era algo demasiado tentador, demasiado satisfactorio.

De repente se cruzó con un grupo de escolares: no tendrían más de seis años. Maravillado por la agilidad y la inocencia de esos renacuajos detuvo su recorrido para dedicarles una mirada. Cualquiera de ellos hubiera podido ser su hijo, mas nunca lo sabría: la reproducción natural era imposible sin una reducción de gravedad, así que su acervo genético, junto al de otros millones de operarios y mineros, era procesado en granjas robotizadas. El nuevo ser, criado en cámaras especiales hasta su completo desarrollo, era educado con los mejores medios posibles. Los niños miraban con curiosidad a esas criaturas que gateaban lentamente y gruñían: era demasiado pronto para que ellos comprendieran.

Se les hablaría del Gran Éxodo, del Orden Obligatorio, y de la Ligereza como un bien escaso que era preciso entregar a quienes más lo merecieran; de como toda la economía giraba alrededor de los minerales necesarios para alimentar los dispositivos anti-grav; y de la imposibilidad de abandonar el planeta sin haber amasado una cantidad suficiente de esas materias primas. Tres grandes naves en plena construcción descansaban en el centro de la ciudad. Aunque nadie se preguntase si serían suficientes para evacuar a toda la población, o si alguna vez serían completadas, allí yacían, como templos inacabados. Eran las estructuras más altas de toda la ciudad - unos diez metros por encima del nivel del suelo.

En un mundo sin padres los pequeños crecían visualizando cuentos holográficos, narraciones mitológicas que anunciaban el viaje a un mundo utópico de baja gravedad donde cualquiera habría dado brincos con sólo desearlo, donde estar de pie no habría sido un privilegio para la élite sino algo tan normal como vivir mirando la tierra.

Desvió esos pensamientos concentrándose en su objetivo. Quería olvidarlo todo, ahogar las penas con drogas ilegales que podían darle a uno la falsa impresión de estar flotando. Al cabo de media hora consiguió llegar a la puerta del Croydon, el lugar de descanso favorito del populacho. La mayoría de trabajadores se alineó sobre haces de cintas transportadoras que les llevarían alrededor de una de muchas burbujas transparentes de vidrio, donde se aglomeraban emitiendo ocasionales gruñidos de excitación. A través de ellas se divisaban bailarinas semi-desnudas. Sus cuerpos esbeltos nunca habían sufrido los efectos de la gravedad excesiva, y sus movimientos sugerían al mismo tiempo sensualidad y derroche. La cantidad de energía que gastaban para disminuir la atracción gravitatoria habría bastado para hacer caminar a diez obreros durante una semana.

Ensimismado delante de una burbuja, Ash no se percató de que a su alrededor se había formado el silencio. Dio la vuelta, muy despacio, y su vista topó con un par de piernas robustas en pantalones blancos.

- Hola Ash. ¿Disfrutando del tiempo libre? - dijo una voz irónica desde lo alto.

No consideró la situación tan importante como para levantar el cuello y arriesgarse a sufrir una rotura muscular. Con un gesto de la mano extendió un espejo panorámico escondido en el guante. Fue suficiente para ver que quien le dirigía la palabra llevaba el uniforme del Orden Obligatorio. Debía atenerse a sus caprichos, cualesquiera que fuesen.

- Sígueme. Si no te importa voy a agilizar los trámites.

El oficial insertó un módulo adicional en el anti-grav de Ash. Nada más completarse el acoplamiento de carga experimentó una maravillosa sensación de relax: su peso disminuyó en un tercio. El otro le agarró del brazo, y le obligó a ponerse de pie, aún manteniendo una postura encorvada. El placer que le causaba poder caminar y verlo todo desde arriba (las caras indescifrables de los demás, los surtidores de zumo fermentado, las luz de las burbujas) se mezclaba al miedo y a la incapacidad para determinar qué ocurriría a continuación.

Atravesaron la ciudad abriéndose paso entre rebaños de trabajadores. El agente se movía con soltura y arrogancia, mientras que Ash, no acostumbrado a caminar tanto tiempo, se tambaleaba y tropezaba en cualquier irregularidad del terreno. Entraron en un edificio blanco, anónimo. El suelo de cerámica y la ausencia de cintas dejaban claro que ese lugar no estaba pensado para ciudadanos que gateasen. Atravesaron pasillos anónimos y Ash pudo ver a otras figuras caminar de pie. Por lo general todos le ignoraban.

- Dime, ¿qué tal se te da hablar? ¿Crees que podrás hacerlo sin recurrir al teclado ocular?

- S-sí -, contestó Ash luchando con los músculos de su lengua.

- Buen chico. Puedes llamarme Damon.

- T.. D-Dam…

- Ahorra las energías para después, ¿quieres?

Damon vestía prendas blancas, ligeramente holgadas. El elegante cinturón anti-grav, plateado, se ceñía alrededor de su cintura a la perfección. Por la robustez de su cuerpo se podía intuir que disfrutaba entrenando su organismo disminuyendo la potencia del aparato. En la pechera campeaba el martillo dorado, símbolo del Orden Obligatorio. No hacía falta imaginar cuál sería el yunque.

- Siéntate -, ordenó Damon al llegar ambos a una pequeña sala iluminada.

Ash no se sentaba: lo habitual era acostarse sobre el suelo. Se acomodó lentamente sobre el cilindro de acero, temiendo que su columna se partiera de un momento a otro. Pero eso sólo habría ocurrido antes de ser nombrado capataz. Comenzó a mirar asustado el ambiente: las paredes lisas y sin decoraciones, los muebles de acero, y Damon, quien estaba echando un vistazo a los informes proyectados sobre su mesa.

- Te llevo siguiendo desde hace un tiempo -, comentó con una leve sonrisa. Al ver que Ash no reaccionaba levantó la mirada: - Con esa potencia deberías poder hablar sin problemas. ¿No vas a hacerlo?

Ash cerró los ojos. Notaba menos tensión en los músculos de la cara y la lengua, pero hacía tiempo que no intentaba hablar en Lengua Ligera. Frunció el ceño y los labios e improvisó alguna caricatura de fonema, al mismo tiempo que Damon, complacido, apoyaba los codos a la mesa, entrelazando las manos. Respiró hondo.

- P-puedo h.. hablar. - consiguió decir. Damon soltó una carcajada fraternal.

- ¿Es una hermosa sensación, verdad?

- Sí.

- Dime, ¿te gustaría tener un anti-grav completo?

Ash desgranó los ojos. ¿Por qué a él? Un anti-grav al 100% era cosa de la clase alta. Hubiera podido correr, caminar, incluso saltar. Era un cambio inconcebible, sospechoso. Pero el deseo de liberarse era también intensísimo. El otro seguía sonriendo y expresando un completo dominio de la situación.

- ¿Por qué… yo? - preguntó con el tono más serio que pudo producir. Damon arqueó una ceja.

- A cambio de tu cooperación.

- ¿Q-qué cooperación?

Damon apretó uno de los puños sobre la mesa.

- Otros han tenido menos dudas que tú. No me lo pongas difícil.

Ash se quedó paralizado. Por supuesto, hubieran podido matarle y hacer que su cuerpo apareciera en una mina. Eso no era un problema. Veía el asunto con cierto fatalismo. Aún así la dura mirada del oficial bastó para causarle inquietud.

- La cosa funciona de esta forma: yo te contaré qué esperamos de ti. Tú escucharás y, si te parece bien, aceptarás cooperar. Dispondrás de lo prometido y trabajarás de forma encubierta. Si no aceptas, te mataré. ¿Acaso no es un buen trato?

- ¿Qué tengo que hacer? - preguntó Ash después de deglutir con fuerza.

Damon se reclinó en su silla anatómica y sonrió. A sus espaldas se iluminó una pared. Mostraba una imagen que Ash tardó unos segundos en comprender plenamente. Una gran sección de mina subterránea con docenas de obreros, algunos de ellos de pie. La instantánea, tomada probablemente en secreto, era borrosa. Pero en el centro de la misma se podía ver perfectamente el cuerpo aplastado de una rica y joven mujer.

- Infiltración - fue la única palabra que el oficial soltó al cabo de ese rato de incómodo silencio.

[Continuará...]

8 Comentarios

  1. Puesto el 20 Enero 2008 a las 0:01 | Enlace permanente

    No serán dieciséis entregas, ¿no?… Vamos, que no me quejo, pero por saberlo :D

  2. Puesto el 20 Enero 2008 a las 0:02 | Enlace permanente

    Si lo consigo, sí, podrían ser 16 :-P

  3. Puesto el 20 Enero 2008 a las 2:36 | Enlace permanente

    Honey, interesant, but dolça. xD

  4. Puesto el 20 Enero 2008 a las 11:41 | Enlace permanente

    El título, a todo esto, se basa en esta conocida canción

  5. Puesto el 20 Enero 2008 a las 17:32 | Enlace permanente

    http://www.goear.com/listen.php?v=18a934a

    Pon el enlace bueno, hombre (¡¡y te salvas que no he encontrado la versión de José Guardiola!! ;-))

  6. desperezada
    Puesto el 21 Enero 2008 a las 23:40 | Enlace permanente

    Yo quiero saber qué pasa despues…!

  7. Puesto el 24 Enero 2008 a las 10:44 | Enlace permanente

    Me he vuelto a pasar a leerlo de nuevo ;-)

    Muy buen principio, y acertado título :D

  8. Puesto el 26 Enero 2008 a las 23:15 | Enlace permanente

    Me encanta leerte, pero eso ya lo sabes, pilluelo. ;)

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