2008
02.26

Se deslizó a trompicones entre los cuerpos, intentando llegar a la barra atestada y repleta de clientes. Los contornos de la enorme sala resplandecían con haces de luz ultravioleta. Sonaban canciones de algún grupo finlandés de post-rock: las palabras incomprensibles de la letra se mezclaban al ruido de docenas de conversaciones en paralelo, mientras un humo algodonoso descansaba sobre el suelo del local, abrazando tobillos y vasos rotos como niebla en un bosque.

Consiguió llegar incólume a la barra, una larga extensión de material cerámico sobre la que podía verse reflejada en los charcos de alcohol. El barman la estudió a fondo mientras pasaba los dedos por encima de las botellas; finalmente eligió una de pisco chileno y sirvió un vasito a la desconocida. Ella torció el gesto y lo empujó levemente de vuelta con dos dedos.

- ¿Qué pasa? ¿Quieres otra cosa? ¿Vodka? ¿Ron? -, sonrió crispando los labios exageradamente, – ¿Agua?

- Estoy esperando a una persona, – contestó ella, sosteniendo la mirada. El barman se encogió de hombros y atendió a otro cliente. No era su problema, pero pulsó de forma rutinaria un botón situado cerca de la nevera.

Casi al mismo tiempo una sombra se levantó de una de las mesas laterales y se dirigió a pasos lentos hacia la barra, con la mirada fija en la desconocida. Se paró a unos metros, justo debajo de un cono de luz azulada que otorgó a su rostro un aspecto fantasmal. Sonaba una pieza de música industrial: opresivos clangores y percusiones daban paso a voces grises que describían retazos de desesperación urbana. Ella cambió de idea. Pidió ron. Iba por el segundo vaso cuando el otro se sentó a su lado, estudiándola.

- ¿Estás sola? – preguntó él con voz tranquila. Ella se giró casi de golpe, asustada.

- No es asunto tuyo.

Siguió escudriñando la chica, que debía tener unos 25 años. El pelo negrísimo y los rasgos orientales, si bien delataban su origen, no daban ulteriores pistas. La ropa era elegante, bien llevada. Pudo apreciar señales de nerviosismo: el brillo ligerísimo del sudor en las sienes, los labios resecos, gestos compulsivos. Ella miraba por el rabillo del ojo mientras sostenía el vaso, temblando.

- Pareces tener lo que necesito, – dijo él, sonriendo de forma convincente.

La joven se giró otra vez.

- No creo, – contestó secamente. Él bajó la mirada, siguiendo el protocolo.

- Golpéame y lo sabrás.

Al oír esas palabras ella entreabrió los labios, sorprendida. El silencio era elocuente. Después de un algunos segundos de duda comenzó a quitarse el guante de piel. Él giró lentamente el rostro ofreciendo su mejilla, sin dejar de mirarla.

El bofetón fue rápido, minimalista, y no encontró oposición. Él se limitó a cerrar los ojos y encajarlo. En medio de la semi-oscuridad y el ruido nadie se había percatado del gesto, ejecutado con soltura ritual. Luego una lágrima surcó la mejilla enrojecida. Al verla, ella sonrió.

- Vaya, perdóname. No sabía que tú…

- No te preocupes, – se apresuró a decir él volviendo la cabeza como si nada hubiese pasado. Se quedaron otra vez mudos.

- Podrías estar fingiendo, – sugirió ella.

- Ya me he expuesto lo suficiente. Estamos rodeados de máquinas. ¿Necesitas más pruebas?

- Lo que tengo no puedo sacarlo aquí. Ven conmigo.

Lo arrastró tomándole la mano. Casi saltaba de alegría. Mientras volvían a cruzar la corriente de muchedumbre ella se giraba para sonreír. Parecía mucho más hermosa y segura. Eufórica casi. Los sonidos de la sala llegaban atenuados, vibrantes. Se apoyó contra una de las paredes, en la penumbra del pasillo de acceso. No hacían falta explicaciones. Llevó la mano de él a su mejilla. Era cálida. Inspiró profundamente.

- Dilo. Quiero oírlo, – pidió ella, con las pupilas dilatadas.

- Eres tan… humana… – dijo él, bajando las manos hasta el cuello.

- Sí..

Dejó que las emociones fluyeran libres, sin tapujos. Se mostraron vulnerables e imperfectos mientras se miraban y abrazaban en una forma ineficiente de comunicación, primitiva y prohibida. Se besaron, y se separaron con los ojos brillando.

- Tú también lo eres…

Él bajó los ojos. Apretó fuerte la mano esbelta que estaba acariciando.

- No, en eso te equivocas.

Ella sacó una sonrisa triste, al mismo tiempo que extraía un arma de su chaqueta

- Estaba mintiendo, idiota.

Él se congeló en una mueca de sorpresa y terror. No le dio tiempo a reaccionar. Dos golpes de armas sónica lo descompusieron en un popurrí de piezas mecánicas que gemían con ruiditos hidráulicos. La cabeza escupió algunas palabras entrecortadas.

- Eres… una org…

Una orgánica traficando con emociones complejas. Le había engañado. Pensaba controlar la situación, en su inmodestia positrónica. La muchacha se arrodilló y extrajo del tórax de aleación la batería principal, todo bajo la mirada impotente del robot.

- Si te reparan, sugiere a tus programadores que te enseñen a usar los labios de verdad, – dijo tras dar un cruel beso de despedida. Se alejó con paso seguro hacia la música.

2008
02.12

[Grabado digital 33402XOB-TR]
24 Febrero 2378
[Comienzo]

Hace unos meses me interesé por rescatar la memoria histórica de la familia. Este tipo de fijación morbosa por el pasado rara vez da sus frutos, pero algunos dicen que es la búsqueda lo que llena el corazón de las personas, y no su resultado final. En mi caso concreto, la información detallada acerca de mis antepasados comenzaba a finales del siglo XXII, cuando se difundieron los primeros registros digitales en finísimas láminas de polímeros de carbono. Todo lo que había ocurrido antes estaba pobremente conservado. Sabía que uno de mis antepasados se llamaba Fabrizio y que había nacido en 1982 en lo que ahora es la Reserva Cultural-Natural del Mediterráneo Norte. Los datos genómicos confirmaron la verosimilitud del dato. Era el único del que tenía noticia, así que decidí iniciar mis investigaciones a partir de ahí.

La mayoría de las grandes bases de datos de los gobiernos de aquel entonces se habían evaporado durante los años de las microguerras, cuando las corporaciones dieron sus últimos golpes de cola y, tras utilizar software dañino instalado por sus consultores, atacaron las capitales mundiales con armas EMP. Así que preferí agilizar los trámites pidiendo un permiso especial y visitando la antigua casa de mi antepasado, en una pequeña localidad de la península ibérica, también parte de la Reserva. Acompañado por un guía aborigen local, Josep, llegué a la estación científica de Valencia el 7 de enero, en medio de una fuerte ventisca que asolaba la pradera de lo que antiguamente se conocía como “Huerta”.

Al cabo de dos horas de viaje por los restos de las autopistas llegamos a un conglomerado de edificios abandonados cuya posición geográfica coincidía con los datos de los que disponía. Lo que quedaba del edificio era un ejemplo atrevido de arquitectura del siglo XX, aunque no el más osado, ni mucho menos. Echar abajo la puerta blindada y entrar en las habitaciones no costó mucho esfuerzo. En el interior reinaba una tranquilidad sobrenatural. Las viejas luces de emergencia con batería de hidrógeno aún seguían emitiendo un brillo imperceptible. Un robot doméstico miraba hacia el umbral con los sensores muertos, sin energía. Era el imperio del silencio y la desolación.

La casa no ofrecía grandes pistas. Enseres y muebles se parecían a los de aquella época. Dado que la mayoría de obras escritas habían sido convertidas y preservadas en el siglo XXII, decidí no dedicar mis atenciones a los libros que quedaban en los estantes. Varias de las habitaciones contenían aparatos de video y viejos ordenadores. Comprendí haber dado con la habitación de Fabrizio al ver que algunos papeles en el suelo hacían mención explícita de su nombre. Escarbé sin éxito en los armarios y en las cajas, en busca de documentación que hubiese resistido durante todos esos años. Las pilas de discos compactos eran inútiles: los cambios de temperatura y la degradación del tinte grabado habían echado a perder gigabytes de datos valiosos. El único CD que pude leer, un “Memorex” de superficie negra de alta calidad, contenía únicamente ficheros de música. A juzgar por el desorden y la falta de etiquetado de los soportes, mi antepasado debía ser un personaje caótico.

Fue en ese momento que me invadió la frustración más grande, conforme comencé a constatar que la informatización desastrosa de hace cuatro siglos había sentado las bases para la pérdida de casi toda la historia de la época. Las memorias de estado sólido que conseguí hallar eran totalmente inaccesibles. La antigua informática de la Tercera Revolución Industrial, pensada para millones de consumidores y para ciclos de vida de no más de cinco años, no había podido superar la cadena de desastres que embistió el planeta en la mitad del siglo XXI. Con el optimismo suicida de una economía en expansión, las corporaciones habían cumplido el sueño utópico de la vida digital, pero no se habían preocupado de su conservación, dando por sentadas una estabilidad social perenne y la responsabilidad de los usuarios a la hora de almacenar copias de seguridad. Pero no creo que mi antepasado pusiera sus discos compactos en la nevera, ni que sacase copia impresa de alta calidad de cualquier transacción que hiciese.

La Segunda Ley era inexorable. El disco duro del ordenador personal estaba desmagnetizado, así como el del portátil. Una cámara digital Nikon, que ahora sería una auténtica joya para coleccionistas, yacía con un objetivo de 30mm montado y la ranura de la tarjeta SD abierta y vacía. Dándole energía a la cámara pude leer el contador interno de disparos: 43455. Nadie podría ver nunca las fotos captadas, ya que no existían copias impresas – a diferencia de las que sí pude hallar en las habitaciones de otro antepasado mío, con toda probabilidad el padre de Fabrizio. Aun suponiendo que Fabrizio hubiese participado del auge de las redes sociales y de la web 2.0, nada de ello podría ser de utilidad, ya que la copia caché de Arpanet (o Internet) había sido borrada por error en el año 2153. La suerte no sonreía a los nostálgicos como yo.

Estuve a punto de maldecir el tiempo perdido cuando di con una caja negra de aspecto prometedor. Al soltar el cierre la tapa se levantó ligeramente, dejando al descubierto un hatajo increíble de papelitos amarillos y blancos: era la única documentación impresa que encontré sobre Fabrizio. La componían docenas de facturas de compra y hojas con anotaciones confusas, escritas con caligrafía arcaica. La mayoría de comprobantes de compra, vestigio de la relación entre los ciudadanos y las corporaciones, eran fragilísimas láminas de papel blanco, sin nada visible (y tengo entendido que el fenómeno ocurría a los pocos años).

Tuve más suerte con los “postits”, pequeños trozos de papel adhesivo gracias a los cuales pude reconstruir un mínimo de historia: pasiones resumidas en pocas palabras, direcciones, números de algún sistema de telefonía primitivo, dibujitos, listas de la compra y de objetivos futuros (”tesis”, “adelgazar”, “idiomas”, “oposiciones” y otros términos que no me decían nada significativo). La vida de mi antepasado, que imagino intensa, estaba condensada en esos mediocres cuadrados de papel. Todo lo que Fabrizio había creado estaba perdido para siempre, como una partícula de polvo flotando en el aire, y mi búsqueda había sido infructuosa.

El siglo XXI seguía siendo el gran espacio vacío en la historia de mi familia.

[Fin del grabado]