Enseñar sobre las tablas

Se habla recientemente de lo mal que va la educación secundaria, especialmente en el sur de Europa. Puestos de cola en el informe PISA, 70% de alumnos en Italia con un suspenso, chavales que pasan de curso en España con un cero en matracas, ríos teñidos de sangre, estrellas cayéndose, gatos y perros acostándose juntos. Todo eso genera inquietudes pasajeras y da a los tertulianos de la mañana algo de lo que hablar mientras toman sorbos de agua y mastican alegremente rosquilletas. Se piensa en quien dar la culpa: que si los padres, la sociedad, los profesores, las políticas educativas de los gobiernos, la televisión, el aspartamo.

Es todo mucho más sencillo que eso: los profesores no saben recitar.

Después de cinco o seis años de estudiar oposiciones y pasarlas canutas como interino, lo primero que uno siente por lo que hace, en muchos casos, no es más que pasividad e indefensión. Hordas de chavales asaltan docentes quemados y puteados a diario. Los chavales siempre han sido pirañas: no es algo nuevo. Antes el docente podía recurrir a castigos más efectivos; ahora la juventud, más escasa, es intocable. ¿Qué arma le queda al docente? Si no tiene entusiasmo residual, sólo el carisma. En primaria no es tan problemático: basta con medir medio metro más que los nanos para que estos te respeten. En secundaria es otro cantar: los ríos de hormonas se dejan notar. Poderosos músculos adolescentes encajonados en clases angostas, pugnando por moverse y actuar. Pequeños hunos creciendo. El saber se deposita sobre ellos como caspa.

De carisma los docentes andan muy escasos (y, en sí, la profesión no es valorada socialmente). El CAP, o el máster por el que será sustituido, no son más que un mero trámite gilipollesco. Veréis: los contenidos no son el problema. Pero los contenidos no se enseñan solos. No contienen en sí la semilla pedagógica. Cualquier tema puede enseñarse fatal, y no hace falta para ello un loro: con poner a una persona insegura y cansada a hablar delante de 30 cenutrios con granos, varias horas al día, el juego estará hecho. Los alumnos no atenderán: tienen cosas más interesantes en las que centrar su atención. Se conocen de sobra los trucos cinematográficos más efectivos.

Una solución puede ser dar clases de teatro a los profesores noveles. La retórica siempre ha sido una parte fundamental de la transmisión del conocimiento: obviar este simple hecho es quedarse ciego ante la realidad. El conocimiento es de por sí árido: si los mejores libros de texto apuestan por innovaciones en la gráfica, colores y las formas de expresión, ¿por qué no hacer lo mismo con la clase magistral? Enseñar o dar una conferencia es, en parte, seducir. Hay que presuponer que el público-alumnado de la enseñanza obligatoria no tiene un especial interés en lo que se le contará: por eso el mero contenido no es suficiente.

¿A qué me refiero con teatro? Me refiero a saber estar en un escenario. A soportar el escarnio y la mirada de espectadores potencialmente hostiles. A saber mirarlos a los ojos. A saber usar la voz (la incidencia de afonías entre el profesorado es altísima). A tener también una mayor seguridad en uno mismo y en el propio papel. Con azúcar las medicinas se toman mejor, dicen: aplíquese eso a la enseñanza. Sí, siempre habrá personas que por un motivo u otro no necesitarán este tipo de ayuda. Hay quien suple la falta de carisma con el puro desprecio por los alumnos. O con cierta cerrazón autista bien llevada, de esas que te convierten en una sanguijuela estatal de rostro pétreo.

No hace falta pensar en House dando su clase, ni tampoco en Robin Williams en El Club de los Poetas Muertos. A pesar de constituir dos excelentes ejemplos de profesor-actor, no hace falta llegar tan lejos para dar clase de forma efectiva. No es necesario ser el rey de la comedia, ni tampoco un drama queen. Basta con aprenderse una docena de trucos escénicos, a recibir lecciones de algún foniatra o logopeda, incluso aprender a respirar bien. A saber manejar (manipular) las propias emociones de forma efectiva (de eso va, a grandes líneas, la inteligencia emocional). Eso no se enseña en la carrera. Ni en temarios de oposición. Y creo que tampoco en el CAP. Ni siquiera la práctica enseña eso. La gente tiende a perpetuar sus vicios y miedos, o a lo sumo se desensibiliza.

Que se abra el telón.

10 Comentarios

  1. Puesto el 13 Marzo 2008 a las 16:13 | Enlace permanente

    Ni aunque tuvieran al mejor actor delante se callarían y comportarían los alumnos con problemas conductuales.

    Lo de ser actor está bien, pero es necesario algo de disciplina antes.

  2. Puesto el 13 Marzo 2008 a las 16:17 | Enlace permanente

    Yo creo que si revientas de un puñetazo la pizarra el primer día, y les sonríes diciendo espero que me atendáis con gusto y con ganas, lo harán. Y no hace falta tantos trucos ni nada. :D

    ¡¡Viva la violencia!! ;P

  3. Puesto el 13 Marzo 2008 a las 16:32 | Enlace permanente

    El problema, Zuviëh, es que al día siguiente de dar ese puñetazo estás de patitas en la calle… y con la factura de la pizarra.

  4. Puesto el 13 Marzo 2008 a las 16:35 | Enlace permanente

    Hmm… no creo que sea tanto problema de comunicación, más bien tiene que ver con la poca confianza en si mismos que tienen los profesores, y que debido a lo capados que están por todos lados, las pocas maneras que tienen de poder imponer disciplina en las clases.

    Los alumnos son (hemos sido) como hienas… si huelen el miedo, atacan.

    Si ya el plan de estudios del 75 era “relajado” comparado con el de nuestros padres, imagínate ahora con la LOGSE y posteriores leyes…

  5. Puesto el 13 Marzo 2008 a las 17:37 | Enlace permanente

    Llevo un tiempo leyéndote (y apreciando la bella calidad de tu arte) y esta entrada me ha decidido a decir algo :)

    He observado a los profesores desde más o menos cerca durante muchos años y no puedo mas que decir que has dado en el clavo.

    El problema primordial es mantener su atención, simple carisma no lo consigue, pues mueve su atención del tema de la asignatura al profesor (o profesora).

    Un buen docente hace el tema de la asignatura en si misma interesante, y esto se lleva haciendo con técnicas de interpretación desde hace ya cientos de años.

    Creo que decía Sting que dar clase y dar un concierto era más o menos parecido, consistía en mantener alejados de las calles y de la delincuencia a un grupo de jóvenes. :)

  6. Violant
    Puesto el 13 Marzo 2008 a las 20:40 | Enlace permanente

    No puedo negar que el método de Zuvi me parece interesante, por lo menos con ‘ese tipo de clases’ donde ni todo el carisma del mundo puede ayudarte.

    Clases de interpretación… No es mala idea, pero no termino de visualizarlo. Todo sería cuestión de experimentar :P

  7. María
    Puesto el 13 Marzo 2008 a las 23:21 | Enlace permanente

    Yo estoy de acuerdo contigo. Fallan los profesores que no creen en si mismos y no saben despertar el interés por su asignatura, y falla la educación de fondo que traen los alumnos (casi patean al profesor para exigir ser tratados como dioses).

    Las clases de interpretación podrían estar bien, pero yo les pondría otro nombre.

    Saludos!!

  8. Puesto el 14 Marzo 2008 a las 7:24 | Enlace permanente

    “Pequeños hunos”, jeje.

    Yo soy de los que cree que la culpa es de los padres; el ritmo de vida actual hace que la gente se vaya de casa tarde, tenga sus hijos tarde, le crezcan cuando son más mayores y… ¿para qué aguantar al crío cuando puedes hincharle a actividades extraescolares? ¿cómo estar con tu hijo cuando tienes que hacer horas y horas en el trabajo para pagar todo lo que tienes? ¿para qué aguantar sus berrinches cuando darle al ‘on’ a la consola significa darle al ‘off’ a tu hijo?

    Si a eso le sumas que ahora, si un profesor castiga, el padre de turno va y se encara con él porque asumir que su hijo no es precisamente perfecto significa asumir que le han educado mal…

    Apaga y vámonos. Menudo futuro nos espera…

  9. Puesto el 14 Marzo 2008 a las 11:43 | Enlace permanente

    Pues lo del teatro estuve a punto de proponerselo a la directora de mi academia de oposiciones, porque además de para dar clase te puede servir para aprobarlas. Al final me callé por no parecer gilipollas (y por que no tendría tiempo de apuntarme a cursos de teatro).

    En cuanto a la didáctica, creo que lo que falta es gente motivada. De todas formas se puede aprender a dar clase, yo he empezado a leer esto y tiene buena pinta:

    COMO DAR CLASE A LOS QUE NO QUIEREN
    de VAELLO ORTS, JUAN
    SANTILLANA, S.A.
    ISBN: 9788429455137
    Año de edición:2007

    También hay más:

    LAS HABILIDADES SOCIALES EN EL AULA
    VAELLO ORTS, JUAN
    SANTILLANA, S.A. 2006
    12.50 € ($16.50)

  10. lulilla
    Puesto el 18 Marzo 2008 a las 11:05 | Enlace permanente

    Por propia experiencia, si los alumnos te ven motivado, ellos acaban motivándose. No es la panacea está claro, pero debemos empezar por nosotros mismos.

    Para enseñar, hay que tener vocación, te tiene que gustar tu materia para poder transmitir ese gusto a tus alumnos. Lo de las clases de teatro no es ninguna tontería. A fin de cuentas el profesor es un actor, queramos o no. Se trata de “seducir” a los alumnos y los tienes ganados.

One Trackback

  1. De e-galeradas : on 23 Marzo 2008 at 10:17

    [...] propone incluir clases de teatro e inteligencia emocional en la preparación de los docentes. Y es que, tal y como está el patio cualquier idea por descabellada que parezca -que no es el [...]

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