El Búnker

Empujé la puerta, un tablón de madera podrida que parecía mantener cierta dignidad gracias a una capa generosísima de pintura. Abandoné pronto ese tacto casi pegajoso, adentrándome en la penumbra y dejando atrás el calor abrasador de agosto.

Mis ojos tardaron un rato en adaptarse, pero los otros sentidos ya habían emprendido marcha por su cuenta. Llegaba a mi nariz el olor acre de máquinas muertas: virutas metálicas, grasa para motores, cables quemados, efluvios de disolventes y pinturas industriales. La vista me descubrió, a la derecha, una sucesión desordenada de bloques de hierro fundido que podían ser cualquier cosa, ordenados en hileras sobre varias estanterías de madera gruesa y sucia. Reconocí las formas de unos cuantos alternadores, el brillo apagado del cobre haciendo de musgo por doquier, y bultos escondidos debajo de lonas parduzcas que dejaban mucho a la imaginación. A mi izquierda, alineadas contra la pared, varias herramientas pesadas reposaban en absoluto silencio. Aún caliente y rodeado por matojos de virutas estaba un taladro industrial. No lejos, una fresadora obsoleta pero imponente le hacía compañía.

Situado en una esquina, un televisor roto reflejaba los destellos fríos de un arco eléctrico. Las chispas lívidas caían y se apagaban sobre las baldosas de una pequeña habitación contigua. Me acerqué con precaución. Pasé en el umbral casi cinco minutos. Desde allí escruté una mesa grande, cuadrada, cubierta por un maremágnum de trastos y herrumbre. Había un anciano: inclinado sobre un tornillo de banco, se esmeraba soldando alguna parafernalia con el rostro cubierto por un casco. A su espalda se veía una única ventana diminuta, orientada hacia el norte y con el alféizar ahogado por cajas de bombillas.

La mesa en la que trabajaba, larga y poco profunda, estaba poblada por una multitud de objetos pequeños. Una cantidad indefinida de resistencias, diodos y tornillos rodeaba cosas más grandes, como una radio de transistores que graznaba sonidos incomprensibles pero familiares, o una lámpara cuya bombilla emitía una luz amarillenta. Reconocí de inmediato una libreta vieja, de páginas cuadriculadas: había en ella, hechos con bolígrafo azul, diminutos diagramas y líneas de texto apiñado que aprovechaban todo el espacio disponible.

Me perdí en la contemplación de un gran panel de corcho colgado en la pared . Las emociones estaban todas allí, fijadas con chinchetas, pequeños clavos o grapas. Algunas de las fotos eran tan viejas como él, mientras que otras, más recientes, mostraban personas que reconocí sin demora. También había recortes de periódico a punto de desintegrarse, tarjetas de visita, alguna octavilla mohosa, una postal o dos: imágenes que no conseguía relacionar entre ellas por desconocer por completo el pasado de ese hombre que podía olvidarse de comer cuando le entraban ramalazos de inventiva.

De repente levantó el casco y se percató de mi presencia, sin asustarse, apuntando hacia mi los ojos azules como quien apunta un par de binoculares. “Hola” me dijo, mientras volvía a mirar la mesa con un par de gruesas gafas de pasta.

Sus manos tenían los callos requemados y agrietados por años de labores pesadas, pero se movían con delicadeza y soltura, mientras los ojos inteligentísimos seguían esas maniobras sin cesar, engastados en una cabeza enorme y casi totalmente calva. Inspiraba ternura verle allí encorvado, callado pero feliz, dejando que el ruido de la radio llenase el silencio de esas largas horas pasadas reparando aparatos o pensando en otros nuevos.

De forma totalmente inesperada volvió a mirarme y, sin mediar palabra, sacó un par de gominolas de menta de un bolsillo, haciendo gestos para darme a entender que si no ponía mi palma las dejaría caer en la mugre; las tomé. Su rostro era sereno, pero en las pupilas brillaba una desconcertante astucia. Se dio la vuelta y siguió trabajando, como si nada. Había asistido a un pequeño milagro, a un destello de humanidad en una persona que parecía encontrarse mejor rodeada de aparatos. O tal vez me engañara, y era tan sólo un estratagema para mantenerme quieto y satisfecho mientras le observaba. Tanto da.

Mastico ahora una gominola de menta, en el caos de mi habitación, delante de una pantalla; y pienso con nostalgia en mi abuelo Oliviero, en lo parecidos que seríamos ahora - a la par que diferentes. Pienso en ese búnker, en ese taller que ya no existe, deseando entrar para echar una mano.

Pero no hace falta. Ya es un lugar de la mente y una parte de mí - óxido incluido.

5 Comentarios

  1. Puesto el 13 Abril 2008 a las 22:19 | Enlace permanente

    De esas tengo a montones en la tienda. :D

  2. Puesto el 14 Abril 2008 a las 10:56 | Enlace permanente

    La casa de mi abuelo siempre olía a acetona para disolver la pintura al óleo (era pintor). Lo malo es que sigo asociando ese olor al “Surtido de Galletas Reglero” (nuestras favoritas para merendolar*)

    :-)

    *merendolar= merendar con regodeo, premeditación y alevosía, disfrutando como enanos de la merienda :-D

  3. Puesto el 14 Abril 2008 a las 11:04 | Enlace permanente

    Merendolar.. ¡me encanta! :-D

  4. Puesto el 15 Abril 2008 a las 10:47 | Enlace permanente

    No es curioso, como ciertos olores nos recuerdan a nuestros seres queridos.

    En mi caso son las galletas Guillon las que me recuerdan a mi abuelo. Y no debería tener mucho sentido, porque quien me las daba era mi abuela; pero tengo la sensación (que no el recuerdo) de haber compartido las galletas con él.

  5. Violant
    Puesto el 16 Abril 2008 a las 8:57 | Enlace permanente

    El olor de la hierba después de haber llovido es el que tengo asociado a mi abuelo, aunque es notable que no hay apenas conexión entre una cosa y otra, aparentemente. Quizá más porque me recuerde a mi infancia, y mi infancia a mi abuelo.

    Espero hacerme grande y tener un búnker en el que trabajar y un nieto al que darle gominolas.

Pon un comentario

Tu correo electrónico nunca será publicado o compartido. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*
Copyright © 2008 Fa.Brizio.Info. All rights reserved.
Green Web Hosting! This site hosted by DreamHost.
/ Iniciar Sesión /