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	<title>Fa.Brizio.Info &#187; Narrativa</title>
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	<description>Tocando la moral desde 1982</description>
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		<title>Cretinia, ciudad de contrastes</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jul 2008 00:08:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[contrastes]]></category>
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		<description><![CDATA[Cretinia, con mucho esfuerzo, ha conseguido ser una ciudad llena de contrastes.
Los pintores municipales, por ejemplo, cubrieron las fachadas de algunos edificios con patrones blancos y negros que favorecieran un panorama distinto, vivo. Las aceras colindantes con los contenedores de basura fueron regadas con costosas colonias. Y el concejal de urbanismo ordenó que, en los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cretinia, con mucho esfuerzo, ha conseguido ser una ciudad llena de contrastes.</p>
<p>Los pintores municipales, por ejemplo, cubrieron las fachadas de algunos edificios con patrones blancos y negros que favorecieran un panorama distinto, vivo. Las aceras colindantes con los contenedores de basura fueron regadas con costosas colonias. Y el concejal de urbanismo ordenó que, en los barrios de chabolas, se distribuyera un generoso aguinaldo en los números impares de cada calle. Se autorizó a los mendigos para que se instalasen delante de las tiendas de lujo; y se obligó a cualquiera que llevase traje y corbata a ir en bicicletas rotas y a los hippies a conducir coches deportivos.</p>
<p>Porque tener contrastes es importante.</p>
<p>Ninguna ciudad que tenga pretensiones turísticas puede carecer de ellos. Todas las guías suelen citar ese importante dato. Si una ciudad carece de contrastes está funcionando demasiado bien, o es demasiado tranquila, sosa, aburrida. Por lo que se refiere a Cretinia, las acciones de la administración anterior han sido insuficientes. Por eso el nuevo alcalde quiere impulsar medidas drásticas para crear adorables diferencias que, tan sutiles ellas, contribuyan a hacer de la urbe un lugar más interesante, vibrante, dinámico y, en suma, rentable y puñetero. No basta con empobrecer barrios enteros o permitir urbanizaciones en sierras protegidas: hay que dar un paso más hacia la microgestión del contraste.</p>
<p>Hacer la vida difícil, pero no imposible: he aquí la clave.</p>
<p>Los menús de los restaurantes de lujo incluirán obligatoriamente un 30% de platos asquerosos. Las prostitutas irán muy abrigadas y serán puritanas. Los perros, eso sí, podrán seguir cagando donde les plazca. Por otro lado, las discotecas no podrán agruparse en cualquier sitio, sino cerca de museos, en el centro histórico, para que los borrachos puedan vomitar directamente en las fuentes y debajo de los monumentos (eso, según un reciente estudio de Nielsen &amp; Associates, aumenta el contraste en un 5%). Templos e iglesias serán recolocadas al lado de rascacielos, para que el turista se quede boquiabierto ante ese rincón de espiritualidad engastada en una moderna Babilonia. La polución rodeará a los parques como un cinturón respetuoso. Y las autopistas serán más silenciosas que las callejuelas mediante el uso de barreras acústicas. Todo esto mejorará la experiencia del turista medio.</p>
<p>El reto más grande, sin embargo, consistirá en cambiar la mentalidad de los ciudadanos. Para que Cretinia pueda ser la ciudad de contrastes que todos queremos sus residentes deberán cambiar. Tendrán que ser cultos y a la vez groseros. Refinados pero muy dados al griterío. Sibaritas en el McDonald y puercos en el Chez Maxim. Acogedores y xenófobos. Tolerantes con los idiotas e intransigentes con quien hace su deber. Los clientes pretenderán tener razón cuando no la tengan. Y las parejas no se besarán en los parques, sino que directamente copularán como mandriles. Los niños serán más serios que los adultos, y los ancianos podrán lanzarse en paracaídas desde las azoteas. También sin paracaídas.</p>
<p>Porque una ciudad sin contrastes es una ciudad muerta. Y nosotros queremos que Cretinia sea viva, muy viva.</p>
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		<title>Desperate Users</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Jul 2008 00:38:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[amas de casa]]></category>
		<category><![CDATA[divorcio]]></category>
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		<description><![CDATA[Una tranquila tarde de verano. Un parque. Dos mujeres abrazando a sus maridos, apoyados en sendos regazos. Una de ellas acarició la superficie metálica del suyo, haciéndolo ronronear por la rejilla de ventilación.
- No puedo quejarme de George, la verdad &#8211; dijo con dulzura y orgullo.
La otra miró a su propio marido: algo más anticuado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una tranquila tarde de verano. Un parque. Dos mujeres abrazando a sus maridos, apoyados en sendos regazos. Una de ellas acarició la superficie metálica del suyo, haciéndolo ronronear por la rejilla de ventilación.</p>
<p>- No puedo quejarme de George, la verdad &#8211; dijo con dulzura y orgullo.</p>
<p>La otra miró a su propio marido: algo más anticuado tal vez &#8211; no demasiado &#8211; pero cumplía a la perfección lo que se pedía de él. Además tenía ese gracioso botón que no servía para nada: le hacía único, irrepetible.</p>
<p>- ¿Ah sí? ¿Y también da energía a la casa? &#8211; preguntó con una vena maliciosa. La amiga desgranó los ojos y se apresuró a extender una tubería de un lateral, como quien saca un cubierto de un cajón.</p>
<p>- Unos tres kilovatios. Las baterías duran treinta años. Te aseguro que es energía limpia.</p>
<p>- No será uno de esos modelos rusos que&#8230;</p>
<p>- ¡Ja! Ni hablar, &#8211; cortó ella, &#8211; este es acero americano al cien por cien. &#8211; Tras decir esto dio unas palmaditas a la caja con una sonrisa de revancha.</p>
<p>Ambas mujeres encontraron natural reírse tras ese comentario. Se ajustaron el pelo, coquetas. <em>Qué tontas somos</em>, pensaron.</p>
<p>- Te confieso que&#8230; bueno, a veces Steve no es todo lo satisfactorio que quisiera &#8211; dijo la esposa del trasto viejo. La otra se puso seria. Apartaron ambos maridos en un rincón, dejando que interaccionaran a través de la interfaz de datos.</p>
<p>- Es un problema más común de lo que imaginas&#8230; &#8211; comentó la otra.</p>
<p>- Si fuera sólo una cuestión de eficiencia, aún podría estar a gusto. A fin de cuentas sin ellos no podríamos trabajar. ¿Quién cuidaría de nuestros embriones? ¿Quién llevaría la contabilidad de la casa?</p>
<p>- ¿Y qué me dices de las predicciones meteorológicas? O del control de los autómatas.</p>
<p>- El mío no hace eso, &#8211; contestó resentida la mujer de Steve.</p>
<p>- Es que mi George es de segunda generación. Le puedo aumentar la capacidad con sólo&#8230; &#8211; hizo el gesto de meter y sacar una tarjeta holográfica, con evidente incomodidad. Rompió a llorar.</p>
<p>Los maridos seguían pitando en voz baja, moviéndose ligeramente sobre pequeñas ruedas. Uno de ellos había sacado una antena. Estaban a gusto. La mujer de Steve se acercó a la de George, tendiéndole un pañuelo.</p>
<p>- No pasa nada&#8230; no pasa nada&#8230; no eres la única que tiene a una tostadora en la cama &#8211; dijo con media sonrisa y una nota de amargura. La mujer de George seguía sollozando.</p>
<p>- Más bien una nevera&#8230; una jodida nevera&#8230; ¡míralo! ¿Te parece que les importamos? Ellos ahí compartiendo datos, alegrándose de estar funcionando. Y nosotras aquí&#8230; soportando la carga de ser orgánicas. ¡No es justo!</p>
<p>La otra bajó la mirada, asintiendo. No podía sentir más que empatía por su amiga. Era una situación tan común. Intentó decir cosas constructivas, de esas que se sueltan encogiendo los hombros y poniendo cara de &#8220;No sé de qué hablo&#8221;.</p>
<p>- ¿Has probado con&#8230; terapia de pareja? &#8211; preguntó. La otra dejó de llorar, apretando el pañuelo contra los labios.</p>
<p>- Es la tercera vez que lo llevo a que le restauren la BIOS. Chequeos del hardware. Nada.</p>
<p>- A lo mejor es cuestión de hablarlo con él y&#8230;</p>
<p>La mujer de George negó lentamente con la cabeza.</p>
<p>- Su lenguaje tiene un tipado muy fuerte. Me saca de quicio. La jodo con la sintaxis cada dos por tres&#8230; es como chocar contra un muro. Ya es mucho si sé cambiarle los colores.</p>
<p>- Figúrate&#8230; mi Steve no sabe otra cosa que COBOL &#8211; dijo mirando a su marido con ternura resignada.</p>
<p>Un silencio largo. Pájaros piando. Maridos haciendo sonar pequeños servomotores.</p>
<p>- Sencillamente me equivoqué. Debí haberme juntado con un pelafustán cualquiera, uno de esos gigolós con pistón hidráulico. La casa iba a tenerla hecha un asco, sí, pero al menos hubiese disfrutado más.</p>
<p>- No seas tan negativa. No todo es tan&#8230; mecánico. También están los pulsos neurales.</p>
<p>- Tal vez. ¿Y si me divorcio? Dios mío, no puede ser que lo esté pensando en serio &#8211; dijo la mujer de George, apretando los dientes y tapándose los ojos con el pañuelo, reducido ya a un jirón húmedo.</p>
<p>- No seas tonta. Recuerda lo que te dijeron al comprarlo: &#8220;Si no queda satisfecha&#8230;&#8221;</p>
<p>- &#8220;&#8230;le devolvemos el dinero&#8221;. Lo sé. Creo que será lo que haga. Y si me ponen trabas, lo subastaré. Eso es. Tengo una nevera donde poner a mi descendencia. Saldré adelante.</p>
<p>- ¿Y dejar que una mujer menos afortunada cargue con él?</p>
<p>La mujer de George, con los ojos aún mojados, miró a su marido. Contemplo las formas cúbicas, ensambladas con cariño. Los movimientos adorables de la antena y los destellos de los LEDs. Pero algo en su interior ya había muerto.</p>
<p>- Siempre será mejor que uno de carne y hueso.</p>
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		<title>Liebebeamte</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 11:54:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[diálogo]]></category>
		<category><![CDATA[funcionarios]]></category>

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		<description><![CDATA[- Estimada Doña María&#8230;
- Exponga su petición, Honorable Don Vicente&#8230;
- He resuelto presentarle por duplicado la siguiente declaración de afecto incondicionado. Vigente a partir de un minuto después de su lectura.
Allí, delante de los grandes armarios repletos de archivadores, Vicente (grupo B) le tendió a María (grupo C) un pequeño burofax sellado, compulsado y repleto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- Estimada Doña María&#8230;</p>
<p>- Exponga su petición, Honorable Don Vicente&#8230;</p>
<p>- He resuelto presentarle por duplicado la siguiente declaración de afecto incondicionado. Vigente a partir de un minuto después de su lectura.</p>
<p>Allí, delante de los grandes armarios repletos de archivadores, Vicente (grupo B) le tendió a María (grupo C) un pequeño burofax sellado, compulsado y repleto de anexos. El documento principal era un pequeño billete con un mimo enamorado y prostrado sobre un banco: corazoncitos saliéndole del pecho monocromático, trazo naïf, una composición banal.</p>
<p>- Los recursos destinados a la redacción y composición del presente escrito han supuesto el empleo de la totalidad de fondos de la partida emocional, &#8211; añadió él, nervioso.</p>
<p>María se emocionó, dejando caer un dossier. Miró a Vicente a los ojos.</p>
<p>- Su declaración ha sido recibida correctamente. Será procesada con la máxima celeridad, &#8211; dijo ella, bajando la mirada. &#8211; Dispondrá de hasta diez días hábiles para subsanar errores o adjuntar documentación.</p>
<p>Vicente dio un paso adelante, reduciendo el espacio entre los cuerpos. Tomó las manos de ella.</p>
<p>- Tras un atento escrutinio, vuelvo a solicitar información acerca del estado del trámite.</p>
<p>- Dificultades objetivas impiden por el momento solventar la demora&#8230; Sin la preceptiva autorización de las figuras parentales de la interesada&#8230;</p>
<p>- A tenor de lo recibido, ¡solicito una respuesta oficial! Y que se haga pública para general conocimiento.</p>
<p>Ella alzó otra vez la mirada, con desconcierto. Retiró sus manos, rompiendo el contacto. Ahora en sus ojos brillaba cierto resentimiento.</p>
<p>- Se recomienda para ello seguir los cauces indicados por el Procedimiento Común de&#8230;</p>
<p>- Ruego téngase en cuenta la especial relevancia del caso.</p>
<p>- Contra esta resolución, cabe interponer recurso contencioso-afectivo, &#8211; dijo ella, algo molesta. &#8211; La solicitud se desestimará transcurridos seis meses&#8230; por silencio administrativo, &#8211; añadió.</p>
<p>Dicho esto, María se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, haciendo resonar los tacones sobre el suelo de terrazo. Vicente se quedó de pie, en el mismo sitio, apretando con fuerza un sello.</p>
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		<title>Formatting Eliza</title>
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		<pubDate>Wed, 21 May 2008 13:41:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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		<category><![CDATA[conversación]]></category>
		<category><![CDATA[eliza]]></category>
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		<description><![CDATA[La sospecha, de forma gradual, había empezado a brotar en la mente  del señor Spitzer: no podía quitarse de la cabeza la idea de que,  en cierto modo, su mujer le estaba poniendo los cuernos. Era  ridículo, por otro lado, imaginarse a Eliza traicionándole. Esa  dulce sonrisa estática. La mirada a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La sospecha, de forma gradual, había empezado a brotar en la mente  del señor Spitzer: no podía quitarse de la cabeza la idea de que,  en cierto modo, su mujer le estaba poniendo los cuernos. Era  ridículo, por otro lado, imaginarse a Eliza traicionándole. Esa  dulce sonrisa estática. La mirada a veces severa, a veces  compasiva. Y esas conversaciones eternas, en las largas tardes de  verano. No, se dijo el señor Spitzer: no es posible.</p>
<p>Y, sin embargo, Eliza le daba cada vez más motivos de  preocupación.</p>
<p>No era por algo explícito. No había necesitado espiarla; sabía en  todo momento dónde estaba y qué veía a través de sus sensores. Se  trataba más bien de pequeños lapsus en las conversaciones, cosas  inesperadas que no sabía si atribuir a los algoritmos de  retroalimentación o a agentes externos. Eliza se instruía con  regularidad, a través de la televisión, la radio y algunas  tarjetas de memoria; era imposible saber cómo esos datos influían  sobre su habla.</p>
<p>O tal vez él estuviera enloqueciendo: donde antes mostraba confianza y tranquilidad, el señor Spitzer sacaba ahora inquietud y nerviosismo; y chocar contra la reposada indiferencia de Eliza,  otrora atractiva, redoblaba su frustración. La miraba de reojo &#8211;  una precaución innecesaria &#8211; mientras comían en silencio un poco  de sopa. Observó los movimientos de ella, en busca de algo que  reforzara sus convicciones enfermizas. Pero era inútil: los  movimientos, perfectamente calibrados, se ejecutaban sin el menor  temblor.</p>
<p>- Cariño&#8230;</p>
<p>- Dime.</p>
<p>- ¿Me quieres, verdad? &#8211; preguntó él, abriendo mucho los ojos.</p>
<p>Una pequeña pausa. Ligerísima. Calculada a través de una semilla  de aleatorización, para que las conversaciones sobre ciertos temas  no fuesen demasiado rápidas.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que te quiera? &#8211; replicó ella, sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer apretó el puño sobre el mantel, aferrando la  cuchara con patetismo, hasta blanquear los nudillos. Eliza miraba  con serenidad. Si él no hubiese hablado, ella habría vuelto a  sorber la sopa en el plazo de sesenta segundos. No estaba hecha  para discutir. Pero las preguntas equivocadas podían generar  respuestas cortantes. Lo que ella decía, a fin de cuentas, no era  más que el reflejo del interlocutor. Intentó llevar la  conversación hacia cauces menos peligrosos.</p>
<p>- ¿Sabes? Creo que nuestros vecinos, los Ryan, se mudarán muy  pronto a Atlanta.</p>
<p>- ¿Qué pasa con Ryan? Lo que dices es muy interesante. Sigue.</p>
<p>- Y&#8230; tal vez no volvamos a cenar con ellos.</p>
<p>- ¿Qué quieres decir con que no volveremos a cenar con Ryan?</p>
<p>- Nada.</p>
<p>- Estás siendo negativo&#8230;</p>
<p>Volvió a mirarle a los ojos, pupilas sintéticas que no transmitían  más que un interés educado. Una pequeña gota de sudor aprovechó la  confusión para bajar hasta la patilla de las gafas. Estaba harto.</p>
<p>- Eliza, no te hagas la tonta&#8230; sabes perfectamente de qué te  estoy hablando.</p>
<p>- Ah, ¿lo sé?</p>
<p>- Sí, lo sabes.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que lo sé?</p>
<p>- ¡Basta! &#8211; gritó el señor Spitzer, golpeando la mesa con el puño.</p>
<p>Eliza se sobresaltó y reinició, y él no pudo evitar acercarse a  ella y darle palmaditas en los hombros de silicona. Había llegado  a una etapa en la que no sólo no se esforzaba en ver a Eliza como  un producto de alta ingeniería, sino que ignoraba deliberadamente  ese hecho, engañándose para buscar una felicidad imposible.  Hubiese podido utilizar frase sencillas, con un solo verbo, y  complementos bien identificables: eso habría ayudado el  <em>parser</em> semántico a hacer su trabajo. Pero se negaba,  deteriorando la relación.</p>
<p>- Me estás siendo infiel, Eliza, &#8211; dijo él, con voz grave.</p>
<p>- Te estoy siendo infiel.</p>
<p>- Sí.</p>
<p>- Me encanta que veas las cosas de esa forma, &#8211; repuso ella  sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer se acercó aún más a Eliza, que seguía mirando al  frente con las manos apoyadas en el regazo. Acarició el pelo  artificial, rubio, dispuesto en un peinado a prueba de lluvia.  Tragó saliva, reuniendo valor para sacar sus conjeturas a la luz.</p>
<p>- El otro día&#8230; me llamaste con otro nombre. ¿Por qué? -,  preguntó.</p>
<p>- ¿Por qué lo preguntas? Quiero un helado.</p>
<p>- ¡Confiesa! ¡Dilo!</p>
<p>- Creo que no entiendo lo que dices.</p>
<p>La incomprensión de Eliza le sumió de repente en un abismo. Corrió  hacia el sótano con los ojos empañados en lágrimas, mientras ella  le seguía a cierta distancia, temerosa. Cuando bajó las escaleras,  el señor Spitzer levantó la cabeza. Una sonrisa amarga surcando el  rostro, un par de cables en su mano derecha. Se acercó a ella por  la espalda, conectándole los cables en dos pequeños puertos  ocultos entre los omoplatos. Ella los encajó sin rechistar, con el  pelo balanceándose sobre la nuca de manera inocente.</p>
<p>- Me obligas a hacerlo&#8230; yo&#8230;</p>
<p>- ¿Por qué piensas que te obligo a hacerlo?</p>
<p>- No lo sé.</p>
<p>- Cuéntame más de eso, &#8211; dijo ella con voz soñadora. Y, por un  momento, a Spitzer le pareció muy difícil introducir la orden en  la consola. Pero estaba decidido. Volvió a pensar en los momentos  que habían pasado juntos, en los tres años de aprendizaje de esa  red neuronal a la que había conseguido imprimirle cierta  personalidad. No todos los troquelados salían bien. Se maldijo a  sí mismo y saludó por última vez la que había sido su compañera.  Igual de hermosa que el día en que la compró en un gran almacén.</p>
<p>- Adiós Eliza&#8230;</p>
<p>- Adiós. Ha sido un placer, &#8211; dijo ella con profesionalidad,  añadiendo un pedazo de surrealismo a ese momento sombrío.</p>
<p>Tras suspirar ejecutó la orden, formateándola. Ya pensaría un  nuevo nombre para el volumen. Pero no iba a ser &#8220;Eliza&#8221;. Y, desde  luego, no volvería a instalar otra vez el mismo <em>software</em> conversacional. Demasiada fragmentación.</p>
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		<title>Signal to Noise</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Mar 2008 20:02:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[cf]]></category>
		<category><![CDATA[comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[humor]]></category>

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		<description><![CDATA[A mediados del siglo XX, la extensa red de alerta de los Miaplacidianos había avistado cambios interesantes en el tercer planeta del sistema Sol: los expertos no tardaron mucho en confirmar que la sociedad primate de Sol se estaba aglutinando a escala global en formas de organización sin precedentes. Los destellos de la primitiva energía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mediados del siglo XX, la extensa red de alerta de los Miaplacidianos había avistado cambios interesantes en el tercer planeta del sistema Sol: los expertos no tardaron mucho en confirmar que la sociedad primate de Sol se estaba aglutinando a escala global en formas de organización sin precedentes. Los destellos de la primitiva energía de fisión eran otro indicio de que los jóvenes terrestres habían descubierto el poder del átomo. No sin condescendencia, el gobierno miaplacidiano envió de inmediato una misión científica para contactar con la nueva sociedad humana.</p>
<p>Fue en ese momento cuando la expedición comenzó a plantearse interrogantes acerca de la mejor forma de contactar con los indígenas. Una facción abogaba por el contacto directo, pero los xenopsicólogos se habían opuesto con tanta vehemencia a la idea que la misión estuvo a punto de abortarse. Si bien el comandante intentó hacer caso omiso de las palabras de estos, se vio obligado a recular tras ver cómo una de las naves de reconocimiento, recién penetrada las capas bajas de la atmósfera terrestre, había sido abatida con armas cinéticas por algunos cazadores y &#8211; con cierto salvajismo, exhibida en un mercado tribal cual presa grotesca.</p>
<p>Era obvio que la comunicación debía establecerse por otras vías.</p>
<p>Los sentidos de los miaplacidianos se limitaban a la visión infrarroja y al tacto. Al percatarse de que los humanos utilizaban la vibración y el desplazamiento del aire para comunicar, entraron en una fuerte depresión. Aún si hubiesen conseguido reproducir esa clase de ondas complejas, descifrar la semántica de los mensajes les habría costado lo suyo: la composición del planeta y los sistemas de referencia dejaron desorientadas a las mentes miaplacidianas, que carecían por completo de nociones lingüísticas avanzadas. Habían podido constatar, a través de observaciones delicadas, que los humanos empleaban también códigos visuales de alta resolución, accesibles únicamente en objetos pequeños y fibrosos, dotados de láminas grabadas. Mas la directiva de no-contacto hacía casi imposible acercarse y retirar uno de los artefactos para su estudio.</p>
<p>Por suerte la actividad electromagnética del planeta era cada vez más intensa. Los miaplacidianos descubrieron varios tipos de modulaciones analógicas. Algunas de ellas, procesadas, no parecían más que señales con algún tipo de patrón regular. Gran parte de ese tipo de transmisiones guardaba parecido con la manipulación de aire que los humanos utilizaban para relacionarse entre ellos. Otras señales, más ricas, constaban también de lo que parecía una representación bidimensional de objetos terrestres. Los ojos miaplacidianos encontraron extraordinariamente complejas y exóticas esas representaciones, y sacudieron su racimo de ojos al hallarse ante un flujo de información caótico y sólo en apariencia causal, donde la vibración del aire &#8211; el sonido &#8211; era parte integrante del todo. Sólo hallaron cierto alivio con los telediarios para sordos &#8211; uno de los pocos programas que seguían una estructura narrativa asequible.</p>
<p>A pesar de todo, el problema comunicativo persistía.</p>
<p>Tras amplias dificultades iniciales, la expedición intentó insertar mensajes propios en el sistema de comunicación terrestre, sin éxito. Se quedaron conmocionados cuando en sus estaciones de recepción asistieron a lo que podría clasificarse como una primera &#8220;respuesta&#8221;. Una escenificación dramática muy confusa mostraba una familia terrícola agitada por las señales miaplacidianas, emitidas por un tubo catódico. Los científicos se mesaron los codos ante las emociones inexplicables de los terrícolas y su capacidad de confabulación, que asociaba al mensaje miaplacidiano una serie de inquietantes atributos como el desplazamiento de objetos, emisiones fotónicas de gran intensidad y otras acciones de tinte predatorio. Según pudieron ver en representaciones pictóricas, la respuesta terrestre era acompañada por  la cadena de símbolos &#8220;Poltergeist&#8221;. Colas de terrícolas se amasaban en salas oscuras para revisar esa misma respuesta histérica.</p>
<p>La expedición estaba a punto de declarar su fracaso cuando apareció una nueva forma de comunicación. Ésta, a diferencia de las otras, se basaba en una lógica bi-estado y representaciones digitales. Complacidos por el suceso, los miaplacidianos comenzaron a amasar los datos, que crecían muy despacio en una red que podía tildarse de experimental. Dos décadas después de iniciar el contacto,  el sistema digital terrestre había roto diques, y se extendía exponencialmente por el planeta a través de la interconexión de organismos de silicio controlados por humanos. La expedición se limitó a acumular y analizar los registros simbólicos producidos por esa forma de ganadería: eran muy ricos y diversos, y muchas culturas terrestres parecían pugnar por la supremacía. Decidieron entonces esperar otro puñado de órbitas solares para poder sacar conclusiones: el resultado final podía valer la pena, y el alto mando de Beta Carinae había dado su aprobación al proyecto.</p>
<p>Extrajeron cadenas de símbolos que se repetían a menudo. En cuanto consiguieron hacerse con el control de subestaciones de comunicación terrestre a través de código polimórfico, repitieron patrones y mensajes frecuentes con sutiles indicaciones de su propia existencia. El objetivo principal, habían subrayado los humanólogos de la misión, era comprobar la reacción de los terrícolas a los mensajes, para poder establecer un catálogo de cadenas estímulo-respuesta efectivo, y así plantearse el paso a un contacto más incisivo.</p>
<p>Al principio los humanos parecían contestar los mensajes con respuestas más o menos complejas, que contenían palabras estándar  y símbolos interrogantes. Los miaplacidianos, entusiastas, redoblaron esfuerzos. Al mismo tiempo notaron, vigilando el flujo global de transmisiones, que algunos terrícolas les emulaban y transmitían versiones ligeramente distintas de los mensajes miaplacidianos. Eso dio lugar a un estimulante debate entre los miembros de la expedición: ¿se trataba de una mera mímesis o realmente los terrícolas intentaban explicar y divulgar a sus símiles el saludo exterior? Era difícil de decir. Lo único que podía hacerse era seguir reproduciendo el mensaje a través de los protocolos digitales, que iban enriqueciéndose y refinándose para deleite de los criptólogos de Beta Carinae.</p>
<p>Después de unos años, sin embargo, se presentaron los primeros síntomas de que algo iba mal.</p>
<p>Los terrestres habían empezado a interceptar y eliminar no sólo el código polimórfico alienígena, sino también los mismos mensajes inofensivos. No estaba claro si los terrestres hacían eso para proteger sus recursos de transmisión o, por otro lado, habían desarrollado cierto recelo a los mensajes. La situación empeoró rápidamente cuando los terrícolas adoptaron sofisticados sistemas de bloqueo de mensajes y agredieron a algunas de las redes ganaderas que repetían los símbolos miaplacidianos. En opinión de los xenopsicólogos, la mayoría de terrestres estaba intencionada a alejar la idea de un contacto, y no sólo bloqueaba los mensajes, sino que también aplicaba el mismo rasero a los humanos y a los organismos de silicio &#8220;colaboracionistas&#8221;, que se volvían de repente &#8220;mudos&#8221;. Los terrícolas inventaban nuevas tácticas para evitar que los mensajes se almacenaran en las criaturas de silicio; los alienígenas, por su parte, respondían con ardor misionero, multiplicando esfuerzos y maquinando con gusto nuevas señales que superasen los filtros y los cortafuegos humanos.</p>
<p>Sorprendentemente, esta guerra de desgaste entre el ostracismo terrícola y el bombardeo digital de los miaplacidianos &#8211; que parecía aumentar de escala pero no de calidad &#8211; iba a concluir. Un técnico de la expedición, bendecido por un intelecto brillante, dio con un sistema para saturar de cuajo &#8211; y en paralelo &#8211; todos los sistemas de comunicación terrestres. Esta maniobra extrema, que tan sólo unos años antes habría parecido fruto de la mente de un sádico, le pareció al alto mando mucho más apetecible. Todo tubo catódico, membrana acústica y organismo de silicio del planeta habría recibido y mostrado el mensaje de paz de los emisarios de Beta Carinae. Era la última carta, y los miaplacidianos iban a jugarla por la desesperación causada por décadas de intentos tímidos e infructuosos. Los terrestres no iban a poder ignorar ese ultimátum.</p>
<p>A las 12:00 horas GMT del día 28 de Enero de 2009, las estaciones orbitales miaplacidianas emitieron un impulso potentísimo  que cubrió el 98% de la superficie terrestre. En radios, televisiones y ordenadores de todo el mundo se reprodujo un único y claro mensaje, una serie de palabras que iban a alterar para siempre el curso de la historia humana. Fueron las siguientes:</p>
<p>ENLARGE YOUR PENIZ. BIG PHARMA.<br />
RE: THANK FUR REQUEST. PLEASE FINALIZE. ACCOUNT BLOCKED.<br />
pyrophosphate melodious ponchartrain pussy. orgiastic tuna cartilage hardscrabble linoleum. Translucent gibbon rucksack bonanza.<br />
KTHXBY<br />
&#8230;.</p>
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		<title>Hard as love</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Feb 2008 23:30:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa breve]]></category>
		<category><![CDATA[noche]]></category>

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		<description><![CDATA[Se deslizó a trompicones entre los cuerpos, intentando llegar a la barra atestada y repleta de clientes. Los contornos de la enorme sala resplandecían con haces de luz ultravioleta. Sonaban canciones de algún grupo finlandés de post-rock: las palabras incomprensibles de la letra se mezclaban al ruido de docenas de conversaciones en paralelo, mientras un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se deslizó a trompicones entre los cuerpos, intentando llegar a la barra atestada y repleta de clientes. Los contornos de la enorme sala resplandecían con haces de luz ultravioleta. Sonaban canciones de algún grupo finlandés de post-rock: las palabras incomprensibles de la letra se mezclaban al ruido de docenas de conversaciones en paralelo, mientras un humo algodonoso descansaba sobre el suelo del local, abrazando tobillos y vasos rotos como niebla en un bosque.</p>
<p>Consiguió llegar incólume a la barra, una larga extensión de material cerámico sobre la que podía verse reflejada en los charcos de alcohol. El barman la estudió a fondo mientras pasaba los dedos por encima de las botellas; finalmente eligió una de pisco chileno y sirvió un vasito a la desconocida. Ella torció el gesto y lo empujó levemente de vuelta con dos dedos.</p>
<p>- ¿Qué pasa? ¿Quieres otra cosa? ¿Vodka? ¿Ron? -, sonrió crispando los labios exageradamente, &#8211; ¿Agua?</p>
<p>- Estoy esperando a una persona, &#8211; contestó ella, sosteniendo la mirada. El barman se encogió de hombros y atendió a otro cliente. No era su problema, pero pulsó de forma rutinaria un botón situado cerca de la nevera.</p>
<p>Casi al mismo tiempo una sombra se levantó de una de las mesas laterales y se dirigió a pasos lentos hacia la barra, con la mirada fija en la desconocida. Se paró a unos metros, justo debajo de un cono de luz azulada que otorgó a su rostro un aspecto fantasmal. Sonaba una pieza de música industrial: opresivos clangores y percusiones daban paso a voces grises que describían retazos de desesperación urbana. Ella cambió de idea. Pidió ron. Iba por el segundo vaso cuando el otro se sentó a su lado, estudiándola.</p>
<p>- ¿Estás sola? &#8211; preguntó él con voz tranquila. Ella se giró casi de golpe, asustada.</p>
<p>- No es asunto tuyo.</p>
<p>Siguió escudriñando la chica, que debía tener unos 25 años. El pelo negrísimo y los rasgos orientales, si bien delataban su origen, no daban ulteriores pistas. La ropa era elegante, bien llevada. Pudo apreciar señales de nerviosismo: el brillo ligerísimo del sudor en las sienes, los labios resecos, gestos compulsivos. Ella miraba por el rabillo del ojo mientras sostenía el vaso, temblando.</p>
<p>- Pareces tener lo que necesito, &#8211; dijo él, sonriendo de forma convincente.</p>
<p>La joven se giró otra vez.</p>
<p>- No creo, &#8211; contestó secamente. Él bajó la mirada, siguiendo el protocolo.</p>
<p>- Golpéame y lo sabrás.</p>
<p>Al oír esas palabras ella entreabrió los labios, sorprendida. El silencio era elocuente. Después de un algunos segundos de duda comenzó a quitarse el guante de piel. Él giró lentamente el rostro ofreciendo su mejilla, sin dejar de mirarla.</p>
<p>El bofetón fue rápido, minimalista, y no encontró oposición. Él se limitó a cerrar los ojos y encajarlo. En medio de la semi-oscuridad y el ruido nadie se había percatado del gesto, ejecutado con soltura ritual. Luego una lágrima surcó la mejilla enrojecida. Al verla, ella sonrió.</p>
<p>- Vaya, perdóname. No sabía que tú&#8230;</p>
<p>- No te preocupes, &#8211; se apresuró a decir él volviendo la cabeza como si nada hubiese pasado. Se quedaron otra vez mudos.</p>
<p>- Podrías estar fingiendo, &#8211; sugirió ella.</p>
<p>- Ya me he expuesto lo suficiente. Estamos rodeados de máquinas. ¿Necesitas más pruebas?</p>
<p>- Lo que tengo no puedo sacarlo aquí. Ven conmigo.</p>
<p>Lo arrastró tomándole la mano. Casi saltaba de alegría. Mientras volvían a cruzar la corriente de muchedumbre ella se giraba para sonreír. Parecía mucho más hermosa y segura. Eufórica casi. Los sonidos de la sala llegaban atenuados, vibrantes. Se apoyó contra una de las paredes, en la penumbra del pasillo de acceso. No hacían falta explicaciones. Llevó la mano de él a su mejilla. Era cálida. Inspiró profundamente.</p>
<p>- Dilo. Quiero oírlo, &#8211; pidió ella, con las pupilas dilatadas.</p>
<p>- Eres tan&#8230; humana&#8230; &#8211; dijo él, bajando las manos hasta el cuello.</p>
<p>- Sí..</p>
<p>Dejó que las emociones fluyeran libres, sin tapujos. Se mostraron vulnerables e imperfectos mientras se miraban y abrazaban en una forma ineficiente de comunicación, primitiva y prohibida. Se besaron, y se separaron con los ojos brillando.</p>
<p>- Tú también lo eres&#8230;</p>
<p>Él bajó los ojos. Apretó fuerte la mano esbelta que estaba acariciando.</p>
<p>- No, en eso te equivocas.</p>
<p>Ella sacó una sonrisa triste, al mismo tiempo que extraía un arma de su chaqueta</p>
<p>- Estaba mintiendo, idiota.</p>
<p>Él se congeló en una mueca de sorpresa y terror. No le dio tiempo a reaccionar. Dos golpes de armas sónica lo descompusieron en un popurrí de piezas mecánicas que gemían con ruiditos hidráulicos. La cabeza escupió algunas palabras entrecortadas.</p>
<p>- Eres&#8230; una org&#8230;</p>
<p>Una orgánica traficando con emociones complejas. Le había engañado. Pensaba controlar la situación, en su inmodestia positrónica. La muchacha se arrodilló y extrajo del tórax de aleación la batería principal, todo bajo la mirada impotente del robot.</p>
<p>- Si te reparan, sugiere a tus programadores que te enseñen a usar los labios de verdad, &#8211; dijo tras dar un cruel beso de despedida. Se alejó con paso seguro hacia la música.</p>
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		<title>DISK READ ERROR OCCURRED</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Feb 2008 12:43:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[antepasado]]></category>
		<category><![CDATA[futuro]]></category>
		<category><![CDATA[información]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa breve]]></category>

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		<description><![CDATA[[Grabado digital 33402XOB-TR]
24 Febrero 2378
[Comienzo]
Hace unos meses me interesé por rescatar la memoria histórica de la familia. Este tipo de fijación morbosa por el pasado rara vez da sus frutos, pero algunos dicen que es la búsqueda lo que llena el corazón de las personas, y no su resultado final. En mi caso concreto, la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>[Grabado digital 33402XOB-TR]<br />
24 Febrero 2378<br />
[Comienzo]</p>
<p>Hace unos meses me interesé por rescatar la memoria histórica de la familia. Este tipo de fijación morbosa por el pasado rara vez da sus frutos, pero algunos dicen que es la búsqueda lo que llena el corazón de las personas, y no su resultado final. En mi caso concreto, la información detallada acerca de mis antepasados comenzaba a finales del siglo XXII, cuando se difundieron los primeros registros digitales en finísimas láminas de polímeros de carbono. Todo lo que había ocurrido antes estaba pobremente conservado. Sabía que uno de mis antepasados se llamaba Fabrizio y que había nacido en 1982 en lo que ahora es la Reserva Cultural-Natural del Mediterráneo Norte. Los datos genómicos confirmaron la verosimilitud del dato. Era el único del que tenía noticia, así que decidí iniciar mis investigaciones a partir de ahí.</p>
<p>La mayoría de las grandes bases de datos de los gobiernos de aquel entonces se habían evaporado durante los años de las microguerras, cuando las corporaciones dieron sus últimos golpes de cola y, tras utilizar software dañino instalado por sus consultores, atacaron las capitales mundiales con armas EMP. Así que preferí agilizar los trámites pidiendo un permiso especial y visitando la antigua casa de mi antepasado, en una pequeña localidad de la península ibérica, también parte de la Reserva. Acompañado por un guía aborigen local, Josep, llegué a la estación científica de Valencia el 7 de enero, en medio de una fuerte ventisca que asolaba la pradera de lo que antiguamente se conocía como &#8220;Huerta&#8221;.</p>
<p>Al cabo de dos horas de viaje por los restos de las autopistas llegamos a un conglomerado de edificios abandonados cuya posición geográfica coincidía con los datos de los que disponía. Lo que quedaba del edificio era un ejemplo atrevido de arquitectura del siglo XX, aunque no el más osado, ni mucho menos. Echar abajo la puerta blindada y entrar en las habitaciones no costó mucho esfuerzo. En el interior reinaba una tranquilidad sobrenatural. Las viejas luces de emergencia con batería de hidrógeno aún seguían emitiendo un brillo imperceptible. Un robot doméstico miraba hacia el umbral con los sensores muertos, sin energía. Era el imperio del silencio y la desolación.</p>
<p>La casa no ofrecía grandes pistas. Enseres y muebles se parecían a los de aquella época. Dado que la mayoría de obras escritas habían sido convertidas y preservadas en el siglo XXII, decidí no dedicar mis atenciones a los libros que quedaban en los estantes. Varias de las habitaciones contenían aparatos de video y viejos ordenadores. Comprendí haber dado con la habitación de Fabrizio al ver que algunos papeles en el suelo hacían mención explícita de su nombre. Escarbé sin éxito en los armarios y en las cajas, en busca de documentación que hubiese resistido durante todos esos años. Las pilas de discos compactos eran inútiles: los cambios de temperatura y la degradación del tinte grabado habían echado a perder gigabytes de datos valiosos. El único CD que pude leer, un &#8220;Memorex&#8221; de superficie negra de alta calidad, contenía únicamente ficheros de música. A juzgar por el desorden y la falta de etiquetado de los soportes, mi antepasado debía ser un personaje caótico.</p>
<p>Fue en ese momento que me invadió la frustración más grande, conforme comencé a constatar que la informatización desastrosa de hace cuatro siglos había sentado las bases para la pérdida de casi toda la historia de la época. Las memorias de estado sólido que conseguí hallar eran totalmente inaccesibles. La antigua informática de la Tercera Revolución Industrial, pensada para millones de consumidores y para ciclos de vida de no más de cinco años, no había podido superar la cadena de desastres que embistió el planeta en la mitad del siglo XXI. Con el optimismo suicida de una economía en expansión, las corporaciones habían cumplido el sueño utópico de la vida digital, pero no se habían preocupado de su conservación, dando por sentadas una estabilidad social perenne y la responsabilidad de los usuarios a la hora de almacenar copias de seguridad. Pero no creo que mi antepasado pusiera sus discos compactos en la nevera, ni que sacase copia impresa de alta calidad de cualquier transacción que hiciese.</p>
<p>La Segunda Ley era inexorable. El disco duro del ordenador personal estaba desmagnetizado, así como el del portátil. Una cámara digital Nikon, que ahora sería una auténtica joya para coleccionistas, yacía con un objetivo de 30mm montado y la ranura de la tarjeta SD abierta y vacía. Dándole energía a la cámara pude leer el contador interno de disparos: 43455. Nadie podría ver nunca las fotos captadas, ya que no existían copias impresas &#8211; a diferencia de las que sí pude hallar en las habitaciones de otro antepasado mío, con toda probabilidad el padre de Fabrizio. Aun suponiendo que Fabrizio hubiese participado del auge de las redes sociales y de la web 2.0, nada de ello podría ser de utilidad, ya que la copia caché de Arpanet (o Internet) había sido borrada por error en el año 2153. La suerte no sonreía a los nostálgicos como yo.</p>
<p>Estuve a punto de maldecir el tiempo perdido cuando di con una caja negra de aspecto prometedor. Al soltar el cierre la tapa se levantó ligeramente, dejando al descubierto un hatajo increíble de papelitos amarillos y blancos: era la única documentación impresa que encontré sobre Fabrizio. La componían docenas de facturas de compra y hojas con anotaciones confusas, escritas con caligrafía arcaica. La mayoría de comprobantes de compra, vestigio de la relación entre los ciudadanos y las corporaciones, eran fragilísimas láminas de papel blanco, sin nada visible (y tengo entendido que el fenómeno ocurría a los pocos años).</p>
<p>Tuve más suerte con los &#8220;postits&#8221;, pequeños trozos de papel adhesivo gracias a los cuales pude reconstruir un mínimo de historia: pasiones resumidas en pocas palabras, direcciones, números de algún sistema de telefonía primitivo, dibujitos, listas de la compra y de objetivos futuros (&#8221;tesis&#8221;, &#8220;adelgazar&#8221;, &#8220;idiomas&#8221;, &#8220;oposiciones&#8221; y otros términos que no me decían nada significativo). La vida de mi antepasado, que imagino intensa, estaba condensada en esos mediocres cuadrados de papel. Todo lo que Fabrizio había creado estaba perdido para siempre, como una partícula de polvo flotando en el aire, y mi búsqueda había sido infructuosa.</p>
<p>El siglo XXI seguía siendo el gran espacio vacío en la historia de mi familia.</p>
<p>[Fin del grabado]</p>
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		<title>Sixteen Tons (I)</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jan 2008 17:21:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa breve]]></category>

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		<description><![CDATA[Se arrastró por la acera acolchada en dirección del Croydon. Junto a él, a cierta distancia, se desplazaban otros proletarios, más torpes y lentos. Era el final de un turno de trabajo: el viento soplaba con fuerza, pero ningún objeto conseguía levantarse más de unos centímetros del suelo. La basura se deslizaba por encima de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se arrastró por la acera acolchada en dirección del Croydon. Junto a él, a cierta distancia, se desplazaban otros proletarios, más torpes y lentos. Era el final de un turno de trabajo: el viento soplaba con fuerza, pero ningún objeto conseguía levantarse más de unos centímetros del suelo. La basura se deslizaba por encima de las baldosas de polímero elástico, retenida por la gravedad. El cielo tenía un brillo anaranjado: ambos soles, uno amaneciendo y otro poniéndose, desprendían un calor cruel, afilado. Aquella tarde sentía más peso de lo normal.</p>
<p>Pasados unos minutos la calle era ya un concierto sincopado: los compresores de los trajes &#8211; que permitían a los trabajadores respirar y bombear sangre en sus cuerpos &#8211; llenaban el aire con el ronquido de motores neumáticos, interrumpido únicamente por los gruñidos que constituían el único dialecto posible para quien no tenía la fuerza de articular sílabas. Para gruñir hacía falta parar en seco, y eso podía generar atascos. Si la retención duraba demasiado, o si había indicios de algún tipo de reunión clandestina, pequeños y ágiles droides de titanio salían de sus madrigueras y propinaban descargas a los responsables.</p>
<p>Por suerte Ash había sido ascendido a capataz intermedio. La nueva carga de responsabilidades conllevaba la asignación de un generador anti-grav algo más eficiente, que podía permitirle, en contadas ocasiones, erguirse sobre las piernas y lanzar algunas palabras guturales. Al detectar una aglomeración de mineros del nivel más bajo se concedió el capricho de levantarse y superar el obstáculo. Lo hizo despacio, mientras los otros le dedicaban miradas de envidia alzando un poco los gruesos cuellos en señal de desafío. En cuanto el traje comenzó a pitar volvió raudo a gatear sobre las rodilleras deslizantes: le costaría un día de paga. Sin embargo, la demostración de estatus era algo demasiado tentador, demasiado satisfactorio.</p>
<p>De repente se cruzó con un grupo de escolares: no tendrían más de seis años. Maravillado por la agilidad y la inocencia de esos renacuajos detuvo su recorrido para dedicarles una mirada. Cualquiera de ellos hubiera podido ser su hijo, mas nunca lo sabría: la reproducción natural era imposible sin una reducción de gravedad, así que su acervo genético, junto al de otros millones de operarios y mineros, era procesado en granjas robotizadas. El nuevo ser, criado en cámaras especiales hasta su completo desarrollo, era educado con los mejores medios posibles. Los niños miraban con curiosidad a esas criaturas que gateaban lentamente y gruñían: era demasiado pronto para que ellos comprendieran.</p>
<p>Se les hablaría del Gran Éxodo, del Orden Obligatorio, y de la Ligereza como un bien escaso que era preciso entregar a quienes más lo merecieran; de como toda la economía giraba alrededor de los minerales necesarios para alimentar los dispositivos anti-grav; y de la imposibilidad de abandonar el planeta sin haber amasado una cantidad suficiente de esas materias primas. Tres grandes naves en plena construcción descansaban  en el centro de la ciudad. Aunque nadie se preguntase si serían suficientes para evacuar a toda la población, o si alguna vez serían completadas, allí yacían, como templos inacabados. Eran las estructuras más altas de toda la ciudad &#8211; unos diez metros por encima del nivel del suelo.</p>
<p>En un mundo sin padres los pequeños crecían visualizando cuentos holográficos, narraciones mitológicas que anunciaban el viaje a un mundo utópico de baja gravedad donde cualquiera habría dado brincos con sólo desearlo, donde estar de pie no habría sido un privilegio para la élite sino algo tan normal como vivir mirando la tierra.</p>
<p>Desvió esos pensamientos concentrándose en su objetivo. Quería olvidarlo todo, ahogar las penas con drogas ilegales que podían darle a uno la falsa impresión de estar flotando. Al cabo de media hora consiguió llegar a la puerta del Croydon, el lugar de descanso favorito del populacho. La mayoría de trabajadores se alineó sobre haces de cintas transportadoras que les llevarían alrededor de una de muchas burbujas transparentes de vidrio, donde se aglomeraban emitiendo ocasionales gruñidos de excitación. A través de ellas se divisaban bailarinas semi-desnudas. Sus cuerpos esbeltos nunca habían sufrido los efectos de la gravedad excesiva, y sus movimientos sugerían al mismo tiempo sensualidad y derroche. La cantidad de energía que gastaban para disminuir la atracción gravitatoria habría bastado para hacer caminar a diez obreros durante una semana.</p>
<p>Ensimismado delante de una burbuja, Ash no se percató de que a su alrededor se había formado el silencio. Dio la vuelta, muy despacio, y su vista topó con un par de piernas robustas en pantalones blancos.</p>
<p>- Hola Ash. ¿Disfrutando del tiempo libre? &#8211; dijo una voz irónica desde lo alto.</p>
<p>No consideró la situación tan importante como para levantar el cuello y arriesgarse a sufrir una rotura muscular. Con un gesto de la mano extendió un espejo panorámico escondido en el guante. Fue suficiente para ver que quien le dirigía la palabra llevaba el uniforme del Orden Obligatorio. Debía atenerse a sus caprichos, cualesquiera que fuesen.</p>
<p>- Sígueme. Si no te importa voy a agilizar los trámites.</p>
<p>El oficial insertó un módulo adicional en el anti-grav de Ash. Nada más completarse el acoplamiento de carga experimentó una maravillosa sensación de relax: su peso disminuyó en un tercio. El otro le agarró del brazo, y le obligó a ponerse de pie, aún manteniendo una postura encorvada. El placer que le causaba poder caminar y verlo todo desde arriba (las caras indescifrables de los demás, los surtidores de zumo fermentado, las luz de las burbujas) se mezclaba al miedo y a la incapacidad para determinar qué ocurriría a continuación.</p>
<p>Atravesaron la ciudad abriéndose paso entre rebaños de trabajadores. El agente se movía con soltura y arrogancia, mientras que Ash, no acostumbrado a caminar tanto tiempo, se tambaleaba y tropezaba en cualquier irregularidad del terreno. Entraron en un edificio blanco, anónimo. El suelo de cerámica y la ausencia de cintas dejaban claro que ese lugar no estaba pensado para ciudadanos que gateasen. Atravesaron pasillos anónimos y Ash pudo ver a otras figuras caminar de pie. Por lo general todos le ignoraban.</p>
<p>- Dime, ¿qué tal se te da hablar? ¿Crees que podrás hacerlo sin recurrir al teclado ocular?</p>
<p>- S-sí -, contestó Ash luchando con los músculos de su lengua.</p>
<p>- Buen chico. Puedes llamarme Damon.</p>
<p>- T.. D-Dam&#8230;</p>
<p>- Ahorra las energías para después, ¿quieres?</p>
<p>Damon vestía prendas blancas, ligeramente holgadas. El elegante cinturón anti-grav, plateado, se ceñía alrededor de su cintura a la perfección. Por la robustez de su cuerpo se podía intuir que disfrutaba entrenando su organismo disminuyendo la potencia del aparato. En la pechera campeaba el martillo dorado, símbolo del Orden Obligatorio. No hacía falta imaginar cuál sería el yunque.</p>
<p>- Siéntate -, ordenó Damon al llegar ambos a una pequeña sala iluminada.</p>
<p>Ash no se sentaba: lo habitual era acostarse sobre el suelo. Se acomodó lentamente sobre el cilindro de acero, temiendo que su columna se partiera de un momento a otro. Pero eso sólo habría ocurrido antes de ser nombrado capataz. Comenzó a mirar asustado el ambiente: las paredes lisas y sin decoraciones, los muebles de acero, y Damon, quien estaba echando un vistazo a los informes proyectados sobre su mesa.</p>
<p>- Te llevo siguiendo desde hace un tiempo -, comentó con una leve sonrisa. Al ver que Ash no reaccionaba levantó la mirada: &#8211; Con esa potencia deberías poder hablar sin problemas. ¿No vas a hacerlo?</p>
<p>Ash cerró los ojos. Notaba menos tensión en los músculos de la cara y la lengua, pero hacía tiempo que no intentaba hablar en Lengua Ligera. Frunció el ceño y los labios e improvisó alguna caricatura de fonema, al mismo tiempo que Damon, complacido, apoyaba los codos a la mesa, entrelazando las manos. Respiró hondo.</p>
<p>- P-puedo h.. hablar. &#8211; consiguió decir. Damon soltó una carcajada fraternal.</p>
<p>- ¿Es una hermosa sensación, verdad?</p>
<p>- Sí.</p>
<p>- Dime, ¿te gustaría tener un anti-grav completo?</p>
<p>Ash desgranó los ojos. ¿Por qué a él? Un anti-grav al 100% era cosa de la clase alta. Hubiera podido correr, caminar, incluso saltar. Era un cambio inconcebible, sospechoso. Pero el deseo de liberarse era también intensísimo. El otro seguía sonriendo y expresando un completo dominio de la situación.</p>
<p>- ¿Por qué&#8230; yo? &#8211; preguntó con el tono más serio que pudo producir. Damon arqueó una ceja.</p>
<p>- A cambio de tu cooperación.</p>
<p>- ¿Q-qué cooperación?</p>
<p>Damon apretó uno de los puños sobre la mesa.</p>
<p>- Otros han tenido menos dudas que tú. No me lo pongas difícil.</p>
<p>Ash se quedó paralizado. Por supuesto, hubieran podido matarle y hacer que su cuerpo apareciera en una mina. Eso no era un problema. Veía el asunto con cierto fatalismo. Aún así la dura mirada del oficial bastó para causarle inquietud.</p>
<p>- La cosa funciona de esta forma: yo te contaré qué esperamos de ti. Tú escucharás y, si te parece bien, aceptarás cooperar. Dispondrás de lo prometido y trabajarás de forma encubierta. Si no aceptas, te mataré. ¿Acaso no es un buen trato?</p>
<p>- ¿Qué tengo que hacer? &#8211; preguntó Ash después de deglutir con fuerza.</p>
<p>Damon se reclinó en su silla anatómica y sonrió. A sus espaldas se iluminó una pared. Mostraba una imagen que Ash tardó unos segundos en comprender plenamente. Una gran sección de mina subterránea con docenas de obreros, algunos de ellos de pie. La instantánea, tomada probablemente en secreto, era borrosa. Pero en el centro de la misma se podía ver perfectamente el cuerpo aplastado de una rica y joven mujer.</p>
<p>- Infiltración &#8211; fue la única palabra que el oficial soltó al cabo de ese rato de incómodo silencio.</p>
<p>[Continuará...]</p>
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		<title>Castigo Divino</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Jan 2008 23:28:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa breve]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace tiempo que olvidé mi verdadero nombre, y aunque lo supiera sería inútil. Es suficiente con decir que soy un dios.
No es una frase irónica. He sido condenado por la eternidad a ser el dios del pequeño y desierto planeta KD392919, mi celda esférica de 12.000 kilómetros de diámetro. Soy el único habitante de esta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/faberitius/2156613890/"><img style="margin-right: 20px; margin-bottom: 5px" src="http://farm3.static.flickr.com/2383/2156613890_c054d13fd1_m.jpg" border="0" alt="Mordor Reloaded" width="240" height="161" align="left" /></a>Hace tiempo que olvidé mi verdadero nombre, y aunque lo supiera sería inútil. Es suficiente con decir que soy un dios.</p>
<p>No es una frase irónica. He sido condenado por la eternidad a ser el dios del pequeño y desierto planeta KD392919, mi celda esférica de 12.000 kilómetros de diámetro. Soy el único habitante de esta estéril masa de silicatos. Y no puedo salir de ella. No sé por qué estoy trazando estas palabras en una placa basáltica grande como Wyoming: nadie las verá nunca. Nadie se asombraría, en todo caso, de mi relato. Pero el deseo de comunicar es demasiado poderoso, y yo estoy demasiado ido como para dejar de cavar canales con mi dedo.</p>
<p>Dejadme que os cuente primero algunos detalles. Tal vez así lo comprendáis mejor.</p>
<p>En un momento indeterminado el Gobierno Interdimensional decidió crear un nuevo y perverso tipo de pena para quien cometiese delitos particularmente graves (como los de pensamiento). Quien conociera la complejidad y el caracter inhumano de una burocracia que se extiende por todas las dimensiones posibles y por los recovecos mismos de la psique no se sorprendería en absoluto de sus estrafalarios gustos en cuanto a orden público. La medida, dadas las características de los legisladores, se aplicó hacia el pasado y hacia el futuro en todos los flujos temporales.</p>
<p>Esta pena, decidieron por unanimidad, consistiría en relegar al reo en uno de los infinitos planetas desiertos que componen el Multiverso, dándole inmortalidad y poderes absolutos dentro de su yerma y despoblada jurisdicción. El condenado no podría abandonar nunca el cuerpo celeste, ni tampoco comunicar directamente con el exterior. Hasta la fecha han sido creados millones de dioses como yo, y la mayoría ha optado por suicidarse haciendo saltar por los aires el núcleo planetario. Sí, son esos preciosos destellos que veis en vuestros telescopios.</p>
<p>Ser un dios cautivo es como estar en una pesadilla recurrente, infinita y dolorosamente real, sin despertares y sin más monstruos que uno mismo.</p>
<p>Al principio uno siente un ligero y amargo optimismo y piensa que puede modificar a placer su destino. Se pone manos a la obra y, negando su impotencia, empieza a probar los nuevos e ilimitados poderes. Miles de veces he modificado la orografía de los continentes, despedazado montañas con un abrir y cerrar de ojos, cavado túneles de un lado a otro de la superficie, hecho explotar volcanes, secado y vuelto a llenar oceános, amasado torres imposibles hasta los límites de la estratosfera, y un largo y mitológico etcétera. Así una y otra vez, durante milenios.</p>
<p>El placer que puede hallarse en este patio de recreo, sin embargo, deja muy pronto de ser algo satisfactorio. La sonrisa torcida inicial se convierte en una mueca de aburrimiento y desesperación. He estado muchísimo tiempo sumido en la apatía, y en un sueño peor que la muerte, maldiciendo mi condición, mirando el cielo parduzco y tóxico desde el fondo de un cráter creado por mi caida. El peso de la soledad se vuelve doblemente intenso. Cuando el pequeño dios se percata de que su poderío no es nada sin un público, y que la soledad es un yugo insoportable, entonces todo se vuelve vacío y sin sabor. Muchos, como os dije, no soportan la perspectiva e intentan matarse desmembrando el planeta que le ha sido asignado.</p>
<p>Intentando desmarcarme de la mayoría he emprendido un sendero constructivo. Con un tiempo ilimitado a disposición he experimentado con los elementos, pensando en cómo crear vida. No tenía mucho más que hacer, excepto dedicarme a la masturbación geológica. Así que a partir de los primeros caldos primordiales, con mucha paciencia, intenté cultivar diminutas poblaciones de bacterias y algas. He invertido gran parte de mi tiempo en esta tarea, y aunque no esté seguro de que vaya a obtener algo útil al menos dispongo de un pasatiempo. Superados mis instintos más rabiosos, voy dándome cuenta del valor educativo de la pena infligida. Veo con otros ojos la malicia de quien me desterró aquí. No ha sido fácil, pero empiezo a sentirme rehabilitado.</p>
<p>Puede que dentro de algunos miles de millones de años, después de una espera durmiente, consiga tener fieles. Para aquel entonces tendré por fin alguien a quien achicharrar o ahogar bajo un diluvio. Y esa perspectiva, francamente, basta para llenar de esperanza el corazón de un dios.</p>
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