2008
04.13

Empujé la puerta, un tablón de madera podrida que parecía mantener cierta dignidad gracias a una capa generosísima de pintura. Abandoné pronto ese tacto casi pegajoso, adentrándome en la penumbra y dejando atrás el calor abrasador de agosto.

Mis ojos tardaron un rato en adaptarse, pero los otros sentidos ya habían emprendido marcha por su cuenta. Llegaba a mi nariz el olor acre de máquinas muertas: virutas metálicas, grasa para motores, cables quemados, efluvios de disolventes y pinturas industriales. La vista me descubrió, a la derecha, una sucesión desordenada de bloques de hierro fundido que podían ser cualquier cosa, ordenados en hileras sobre varias estanterías de madera gruesa y sucia. Reconocí las formas de unos cuantos alternadores, el brillo apagado del cobre haciendo de musgo por doquier, y bultos escondidos debajo de lonas parduzcas que dejaban mucho a la imaginación. A mi izquierda, alineadas contra la pared, varias herramientas pesadas reposaban en absoluto silencio. Aún caliente y rodeado por matojos de virutas estaba un taladro industrial. No lejos, una fresadora obsoleta pero imponente le hacía compañía.

Situado en una esquina, un televisor roto reflejaba los destellos fríos de un arco eléctrico. Las chispas lívidas caían y se apagaban sobre las baldosas de una pequeña habitación contigua. Me acerqué con precaución. Pasé en el umbral casi cinco minutos. Desde allí escruté una mesa grande, cuadrada, cubierta por un maremágnum de trastos y herrumbre. Había un anciano: inclinado sobre un tornillo de banco, se esmeraba soldando alguna parafernalia con el rostro cubierto por un casco. A su espalda se veía una única ventana diminuta, orientada hacia el norte y con el alféizar ahogado por cajas de bombillas.

La mesa en la que trabajaba, larga y poco profunda, estaba poblada por una multitud de objetos pequeños. Una cantidad indefinida de resistencias, diodos y tornillos rodeaba cosas más grandes, como una radio de transistores que graznaba sonidos incomprensibles pero familiares, o una lámpara cuya bombilla emitía una luz amarillenta. Reconocí de inmediato una libreta vieja, de páginas cuadriculadas: había en ella, hechos con bolígrafo azul, diminutos diagramas y líneas de texto apiñado que aprovechaban todo el espacio disponible.

Me perdí en la contemplación de un gran panel de corcho colgado en la pared . Las emociones estaban todas allí, fijadas con chinchetas, pequeños clavos o grapas. Algunas de las fotos eran tan viejas como él, mientras que otras, más recientes, mostraban personas que reconocí sin demora. También había recortes de periódico a punto de desintegrarse, tarjetas de visita, alguna octavilla mohosa, una postal o dos: imágenes que no conseguía relacionar entre ellas por desconocer por completo el pasado de ese hombre que podía olvidarse de comer cuando le entraban ramalazos de inventiva.

De repente levantó el casco y se percató de mi presencia, sin asustarse, apuntando hacia mi los ojos azules como quien apunta un par de binoculares. “Hola” me dijo, mientras volvía a mirar la mesa con un par de gruesas gafas de pasta.

Sus manos tenían los callos requemados y agrietados por años de labores pesadas, pero se movían con delicadeza y soltura, mientras los ojos inteligentísimos seguían esas maniobras sin cesar, engastados en una cabeza enorme y casi totalmente calva. Inspiraba ternura verle allí encorvado, callado pero feliz, dejando que el ruido de la radio llenase el silencio de esas largas horas pasadas reparando aparatos o pensando en otros nuevos.

De forma totalmente inesperada volvió a mirarme y, sin mediar palabra, sacó un par de gominolas de menta de un bolsillo, haciendo gestos para darme a entender que si no ponía mi palma las dejaría caer en la mugre; las tomé. Su rostro era sereno, pero en las pupilas brillaba una desconcertante astucia. Se dio la vuelta y siguió trabajando, como si nada. Había asistido a un pequeño milagro, a un destello de humanidad en una persona que parecía encontrarse mejor rodeada de aparatos. O tal vez me engañara, y era tan sólo un estratagema para mantenerme quieto y satisfecho mientras le observaba. Tanto da.

Mastico ahora una gominola de menta, en el caos de mi habitación, delante de una pantalla; y pienso con nostalgia en mi abuelo Oliviero, en lo parecidos que seríamos ahora – a la par que diferentes. Pienso en ese búnker, en ese taller que ya no existe, deseando entrar para echar una mano.

Pero no hace falta. Ya es un lugar de la mente y una parte de mí – óxido incluido.

2008
03.22

A mediados del siglo XX, la extensa red de alerta de los Miaplacidianos había avistado cambios interesantes en el tercer planeta del sistema Sol: los expertos no tardaron mucho en confirmar que la sociedad primate de Sol se estaba aglutinando a escala global en formas de organización sin precedentes. Los destellos de la primitiva energía de fisión eran otro indicio de que los jóvenes terrestres habían descubierto el poder del átomo. No sin condescendencia, el gobierno miaplacidiano envió de inmediato una misión científica para contactar con la nueva sociedad humana.

Fue en ese momento cuando la expedición comenzó a plantearse interrogantes acerca de la mejor forma de contactar con los indígenas. Una facción abogaba por el contacto directo, pero los xenopsicólogos se habían opuesto con tanta vehemencia a la idea que la misión estuvo a punto de abortarse. Si bien el comandante intentó hacer caso omiso de las palabras de estos, se vio obligado a recular tras ver cómo una de las naves de reconocimiento, recién penetrada las capas bajas de la atmósfera terrestre, había sido abatida con armas cinéticas por algunos cazadores y – con cierto salvajismo, exhibida en un mercado tribal cual presa grotesca.

Era obvio que la comunicación debía establecerse por otras vías.

Los sentidos de los miaplacidianos se limitaban a la visión infrarroja y al tacto. Al percatarse de que los humanos utilizaban la vibración y el desplazamiento del aire para comunicar, entraron en una fuerte depresión. Aún si hubiesen conseguido reproducir esa clase de ondas complejas, descifrar la semántica de los mensajes les habría costado lo suyo: la composición del planeta y los sistemas de referencia dejaron desorientadas a las mentes miaplacidianas, que carecían por completo de nociones lingüísticas avanzadas. Habían podido constatar, a través de observaciones delicadas, que los humanos empleaban también códigos visuales de alta resolución, accesibles únicamente en objetos pequeños y fibrosos, dotados de láminas grabadas. Mas la directiva de no-contacto hacía casi imposible acercarse y retirar uno de los artefactos para su estudio.

Por suerte la actividad electromagnética del planeta era cada vez más intensa. Los miaplacidianos descubrieron varios tipos de modulaciones analógicas. Algunas de ellas, procesadas, no parecían más que señales con algún tipo de patrón regular. Gran parte de ese tipo de transmisiones guardaba parecido con la manipulación de aire que los humanos utilizaban para relacionarse entre ellos. Otras señales, más ricas, constaban también de lo que parecía una representación bidimensional de objetos terrestres. Los ojos miaplacidianos encontraron extraordinariamente complejas y exóticas esas representaciones, y sacudieron su racimo de ojos al hallarse ante un flujo de información caótico y sólo en apariencia causal, donde la vibración del aire – el sonido – era parte integrante del todo. Sólo hallaron cierto alivio con los telediarios para sordos – uno de los pocos programas que seguían una estructura narrativa asequible.

A pesar de todo, el problema comunicativo persistía.

Tras amplias dificultades iniciales, la expedición intentó insertar mensajes propios en el sistema de comunicación terrestre, sin éxito. Se quedaron conmocionados cuando en sus estaciones de recepción asistieron a lo que podría clasificarse como una primera “respuesta”. Una escenificación dramática muy confusa mostraba una familia terrícola agitada por las señales miaplacidianas, emitidas por un tubo catódico. Los científicos se mesaron los codos ante las emociones inexplicables de los terrícolas y su capacidad de confabulación, que asociaba al mensaje miaplacidiano una serie de inquietantes atributos como el desplazamiento de objetos, emisiones fotónicas de gran intensidad y otras acciones de tinte predatorio. Según pudieron ver en representaciones pictóricas, la respuesta terrestre era acompañada por la cadena de símbolos “Poltergeist”. Colas de terrícolas se amasaban en salas oscuras para revisar esa misma respuesta histérica.

La expedición estaba a punto de declarar su fracaso cuando apareció una nueva forma de comunicación. Ésta, a diferencia de las otras, se basaba en una lógica bi-estado y representaciones digitales. Complacidos por el suceso, los miaplacidianos comenzaron a amasar los datos, que crecían muy despacio en una red que podía tildarse de experimental. Dos décadas después de iniciar el contacto, el sistema digital terrestre había roto diques, y se extendía exponencialmente por el planeta a través de la interconexión de organismos de silicio controlados por humanos. La expedición se limitó a acumular y analizar los registros simbólicos producidos por esa forma de ganadería: eran muy ricos y diversos, y muchas culturas terrestres parecían pugnar por la supremacía. Decidieron entonces esperar otro puñado de órbitas solares para poder sacar conclusiones: el resultado final podía valer la pena, y el alto mando de Beta Carinae había dado su aprobación al proyecto.

Extrajeron cadenas de símbolos que se repetían a menudo. En cuanto consiguieron hacerse con el control de subestaciones de comunicación terrestre a través de código polimórfico, repitieron patrones y mensajes frecuentes con sutiles indicaciones de su propia existencia. El objetivo principal, habían subrayado los humanólogos de la misión, era comprobar la reacción de los terrícolas a los mensajes, para poder establecer un catálogo de cadenas estímulo-respuesta efectivo, y así plantearse el paso a un contacto más incisivo.

Al principio los humanos parecían contestar los mensajes con respuestas más o menos complejas, que contenían palabras estándar y símbolos interrogantes. Los miaplacidianos, entusiastas, redoblaron esfuerzos. Al mismo tiempo notaron, vigilando el flujo global de transmisiones, que algunos terrícolas les emulaban y transmitían versiones ligeramente distintas de los mensajes miaplacidianos. Eso dio lugar a un estimulante debate entre los miembros de la expedición: ¿se trataba de una mera mímesis o realmente los terrícolas intentaban explicar y divulgar a sus símiles el saludo exterior? Era difícil de decir. Lo único que podía hacerse era seguir reproduciendo el mensaje a través de los protocolos digitales, que iban enriqueciéndose y refinándose para deleite de los criptólogos de Beta Carinae.

Después de unos años, sin embargo, se presentaron los primeros síntomas de que algo iba mal.

Los terrestres habían empezado a interceptar y eliminar no sólo el código polimórfico alienígena, sino también los mismos mensajes inofensivos. No estaba claro si los terrestres hacían eso para proteger sus recursos de transmisión o, por otro lado, habían desarrollado cierto recelo a los mensajes. La situación empeoró rápidamente cuando los terrícolas adoptaron sofisticados sistemas de bloqueo de mensajes y agredieron a algunas de las redes ganaderas que repetían los símbolos miaplacidianos. En opinión de los xenopsicólogos, la mayoría de terrestres estaba intencionada a alejar la idea de un contacto, y no sólo bloqueaba los mensajes, sino que también aplicaba el mismo rasero a los humanos y a los organismos de silicio “colaboracionistas”, que se volvían de repente “mudos”. Los terrícolas inventaban nuevas tácticas para evitar que los mensajes se almacenaran en las criaturas de silicio; los alienígenas, por su parte, respondían con ardor misionero, multiplicando esfuerzos y maquinando con gusto nuevas señales que superasen los filtros y los cortafuegos humanos.

Sorprendentemente, esta guerra de desgaste entre el ostracismo terrícola y el bombardeo digital de los miaplacidianos – que parecía aumentar de escala pero no de calidad – iba a concluir. Un técnico de la expedición, bendecido por un intelecto brillante, dio con un sistema para saturar de cuajo – y en paralelo – todos los sistemas de comunicación terrestres. Esta maniobra extrema, que tan sólo unos años antes habría parecido fruto de la mente de un sádico, le pareció al alto mando mucho más apetecible. Todo tubo catódico, membrana acústica y organismo de silicio del planeta habría recibido y mostrado el mensaje de paz de los emisarios de Beta Carinae. Era la última carta, y los miaplacidianos iban a jugarla por la desesperación causada por décadas de intentos tímidos e infructuosos. Los terrestres no iban a poder ignorar ese ultimátum.

A las 12:00 horas GMT del día 28 de Enero de 2009, las estaciones orbitales miaplacidianas emitieron un impulso potentísimo que cubrió el 98% de la superficie terrestre. En radios, televisiones y ordenadores de todo el mundo se reprodujo un único y claro mensaje, una serie de palabras que iban a alterar para siempre el curso de la historia humana. Fueron las siguientes:

ENLARGE YOUR PENIZ. BIG PHARMA.
RE: THANK FUR REQUEST. PLEASE FINALIZE. ACCOUNT BLOCKED.
pyrophosphate melodious ponchartrain pussy. orgiastic tuna cartilage hardscrabble linoleum. Translucent gibbon rucksack bonanza.
KTHXBY
….

2008
03.13

Se habla recientemente de lo mal que va la educación secundaria, especialmente en el sur de Europa. Puestos de cola en el informe PISA, 70% de alumnos en Italia con un suspenso, chavales que pasan de curso en España con un cero en matracas, ríos teñidos de sangre, estrellas cayéndose, gatos y perros acostándose juntos. Todo eso genera inquietudes pasajeras y da a los tertulianos de la mañana algo de lo que hablar mientras toman sorbos de agua y mastican alegremente rosquilletas. Se piensa en quien dar la culpa: que si los padres, la sociedad, los profesores, las políticas educativas de los gobiernos, la televisión, el aspartamo.

Es todo mucho más sencillo que eso: los profesores no saben recitar.

Después de cinco o seis años de estudiar oposiciones y pasarlas canutas como interino, lo primero que uno siente por lo que hace, en muchos casos, no es más que pasividad e indefensión. Hordas de chavales asaltan docentes quemados y puteados a diario. Los chavales siempre han sido pirañas: no es algo nuevo. Antes el docente podía recurrir a castigos más efectivos; ahora la juventud, más escasa, es intocable. ¿Qué arma le queda al docente? Si no tiene entusiasmo residual, sólo el carisma. En primaria no es tan problemático: basta con medir medio metro más que los nanos para que estos te respeten. En secundaria es otro cantar: los ríos de hormonas se dejan notar. Poderosos músculos adolescentes encajonados en clases angostas, pugnando por moverse y actuar. Pequeños hunos creciendo. El saber se deposita sobre ellos como caspa.

De carisma los docentes andan muy escasos (y, en sí, la profesión no es valorada socialmente). El CAP, o el máster por el que será sustituido, no son más que un mero trámite gilipollesco. Veréis: los contenidos no son el problema. Pero los contenidos no se enseñan solos. No contienen en sí la semilla pedagógica. Cualquier tema puede enseñarse fatal, y no hace falta para ello un loro: con poner a una persona insegura y cansada a hablar delante de 30 cenutrios con granos, varias horas al día, el juego estará hecho. Los alumnos no atenderán: tienen cosas más interesantes en las que centrar su atención. Se conocen de sobra los trucos cinematográficos más efectivos.

Una solución puede ser dar clases de teatro a los profesores noveles. La retórica siempre ha sido una parte fundamental de la transmisión del conocimiento: obviar este simple hecho es quedarse ciego ante la realidad. El conocimiento es de por sí árido: si los mejores libros de texto apuestan por innovaciones en la gráfica, colores y las formas de expresión, ¿por qué no hacer lo mismo con la clase magistral? Enseñar o dar una conferencia es, en parte, seducir. Hay que presuponer que el público-alumnado de la enseñanza obligatoria no tiene un especial interés en lo que se le contará: por eso el mero contenido no es suficiente.

¿A qué me refiero con teatro? Me refiero a saber estar en un escenario. A soportar el escarnio y la mirada de espectadores potencialmente hostiles. A saber mirarlos a los ojos. A saber usar la voz (la incidencia de afonías entre el profesorado es altísima). A tener también una mayor seguridad en uno mismo y en el propio papel. Con azúcar las medicinas se toman mejor, dicen: aplíquese eso a la enseñanza. Sí, siempre habrá personas que por un motivo u otro no necesitarán este tipo de ayuda. Hay quien suple la falta de carisma con el puro desprecio por los alumnos. O con cierta cerrazón autista bien llevada, de esas que te convierten en una sanguijuela estatal de rostro pétreo.

No hace falta pensar en House dando su clase, ni tampoco en Robin Williams en El Club de los Poetas Muertos. A pesar de constituir dos excelentes ejemplos de profesor-actor, no hace falta llegar tan lejos para dar clase de forma efectiva. No es necesario ser el rey de la comedia, ni tampoco un drama queen. Basta con aprenderse una docena de trucos escénicos, a recibir lecciones de algún foniatra o logopeda, incluso aprender a respirar bien. A saber manejar (manipular) las propias emociones de forma efectiva (de eso va, a grandes líneas, la inteligencia emocional). Eso no se enseña en la carrera. Ni en temarios de oposición. Y creo que tampoco en el CAP. Ni siquiera la práctica enseña eso. La gente tiende a perpetuar sus vicios y miedos, o a lo sumo se desensibiliza.

Que se abra el telón.

2008
02.26

Se deslizó a trompicones entre los cuerpos, intentando llegar a la barra atestada y repleta de clientes. Los contornos de la enorme sala resplandecían con haces de luz ultravioleta. Sonaban canciones de algún grupo finlandés de post-rock: las palabras incomprensibles de la letra se mezclaban al ruido de docenas de conversaciones en paralelo, mientras un humo algodonoso descansaba sobre el suelo del local, abrazando tobillos y vasos rotos como niebla en un bosque.

Consiguió llegar incólume a la barra, una larga extensión de material cerámico sobre la que podía verse reflejada en los charcos de alcohol. El barman la estudió a fondo mientras pasaba los dedos por encima de las botellas; finalmente eligió una de pisco chileno y sirvió un vasito a la desconocida. Ella torció el gesto y lo empujó levemente de vuelta con dos dedos.

- ¿Qué pasa? ¿Quieres otra cosa? ¿Vodka? ¿Ron? -, sonrió crispando los labios exageradamente, – ¿Agua?

- Estoy esperando a una persona, – contestó ella, sosteniendo la mirada. El barman se encogió de hombros y atendió a otro cliente. No era su problema, pero pulsó de forma rutinaria un botón situado cerca de la nevera.

Casi al mismo tiempo una sombra se levantó de una de las mesas laterales y se dirigió a pasos lentos hacia la barra, con la mirada fija en la desconocida. Se paró a unos metros, justo debajo de un cono de luz azulada que otorgó a su rostro un aspecto fantasmal. Sonaba una pieza de música industrial: opresivos clangores y percusiones daban paso a voces grises que describían retazos de desesperación urbana. Ella cambió de idea. Pidió ron. Iba por el segundo vaso cuando el otro se sentó a su lado, estudiándola.

- ¿Estás sola? – preguntó él con voz tranquila. Ella se giró casi de golpe, asustada.

- No es asunto tuyo.

Siguió escudriñando la chica, que debía tener unos 25 años. El pelo negrísimo y los rasgos orientales, si bien delataban su origen, no daban ulteriores pistas. La ropa era elegante, bien llevada. Pudo apreciar señales de nerviosismo: el brillo ligerísimo del sudor en las sienes, los labios resecos, gestos compulsivos. Ella miraba por el rabillo del ojo mientras sostenía el vaso, temblando.

- Pareces tener lo que necesito, – dijo él, sonriendo de forma convincente.

La joven se giró otra vez.

- No creo, – contestó secamente. Él bajó la mirada, siguiendo el protocolo.

- Golpéame y lo sabrás.

Al oír esas palabras ella entreabrió los labios, sorprendida. El silencio era elocuente. Después de un algunos segundos de duda comenzó a quitarse el guante de piel. Él giró lentamente el rostro ofreciendo su mejilla, sin dejar de mirarla.

El bofetón fue rápido, minimalista, y no encontró oposición. Él se limitó a cerrar los ojos y encajarlo. En medio de la semi-oscuridad y el ruido nadie se había percatado del gesto, ejecutado con soltura ritual. Luego una lágrima surcó la mejilla enrojecida. Al verla, ella sonrió.

- Vaya, perdóname. No sabía que tú…

- No te preocupes, – se apresuró a decir él volviendo la cabeza como si nada hubiese pasado. Se quedaron otra vez mudos.

- Podrías estar fingiendo, – sugirió ella.

- Ya me he expuesto lo suficiente. Estamos rodeados de máquinas. ¿Necesitas más pruebas?

- Lo que tengo no puedo sacarlo aquí. Ven conmigo.

Lo arrastró tomándole la mano. Casi saltaba de alegría. Mientras volvían a cruzar la corriente de muchedumbre ella se giraba para sonreír. Parecía mucho más hermosa y segura. Eufórica casi. Los sonidos de la sala llegaban atenuados, vibrantes. Se apoyó contra una de las paredes, en la penumbra del pasillo de acceso. No hacían falta explicaciones. Llevó la mano de él a su mejilla. Era cálida. Inspiró profundamente.

- Dilo. Quiero oírlo, – pidió ella, con las pupilas dilatadas.

- Eres tan… humana… – dijo él, bajando las manos hasta el cuello.

- Sí..

Dejó que las emociones fluyeran libres, sin tapujos. Se mostraron vulnerables e imperfectos mientras se miraban y abrazaban en una forma ineficiente de comunicación, primitiva y prohibida. Se besaron, y se separaron con los ojos brillando.

- Tú también lo eres…

Él bajó los ojos. Apretó fuerte la mano esbelta que estaba acariciando.

- No, en eso te equivocas.

Ella sacó una sonrisa triste, al mismo tiempo que extraía un arma de su chaqueta

- Estaba mintiendo, idiota.

Él se congeló en una mueca de sorpresa y terror. No le dio tiempo a reaccionar. Dos golpes de armas sónica lo descompusieron en un popurrí de piezas mecánicas que gemían con ruiditos hidráulicos. La cabeza escupió algunas palabras entrecortadas.

- Eres… una org…

Una orgánica traficando con emociones complejas. Le había engañado. Pensaba controlar la situación, en su inmodestia positrónica. La muchacha se arrodilló y extrajo del tórax de aleación la batería principal, todo bajo la mirada impotente del robot.

- Si te reparan, sugiere a tus programadores que te enseñen a usar los labios de verdad, – dijo tras dar un cruel beso de despedida. Se alejó con paso seguro hacia la música.

2008
02.12

[Grabado digital 33402XOB-TR]
24 Febrero 2378
[Comienzo]

Hace unos meses me interesé por rescatar la memoria histórica de la familia. Este tipo de fijación morbosa por el pasado rara vez da sus frutos, pero algunos dicen que es la búsqueda lo que llena el corazón de las personas, y no su resultado final. En mi caso concreto, la información detallada acerca de mis antepasados comenzaba a finales del siglo XXII, cuando se difundieron los primeros registros digitales en finísimas láminas de polímeros de carbono. Todo lo que había ocurrido antes estaba pobremente conservado. Sabía que uno de mis antepasados se llamaba Fabrizio y que había nacido en 1982 en lo que ahora es la Reserva Cultural-Natural del Mediterráneo Norte. Los datos genómicos confirmaron la verosimilitud del dato. Era el único del que tenía noticia, así que decidí iniciar mis investigaciones a partir de ahí.

La mayoría de las grandes bases de datos de los gobiernos de aquel entonces se habían evaporado durante los años de las microguerras, cuando las corporaciones dieron sus últimos golpes de cola y, tras utilizar software dañino instalado por sus consultores, atacaron las capitales mundiales con armas EMP. Así que preferí agilizar los trámites pidiendo un permiso especial y visitando la antigua casa de mi antepasado, en una pequeña localidad de la península ibérica, también parte de la Reserva. Acompañado por un guía aborigen local, Josep, llegué a la estación científica de Valencia el 7 de enero, en medio de una fuerte ventisca que asolaba la pradera de lo que antiguamente se conocía como “Huerta”.

Al cabo de dos horas de viaje por los restos de las autopistas llegamos a un conglomerado de edificios abandonados cuya posición geográfica coincidía con los datos de los que disponía. Lo que quedaba del edificio era un ejemplo atrevido de arquitectura del siglo XX, aunque no el más osado, ni mucho menos. Echar abajo la puerta blindada y entrar en las habitaciones no costó mucho esfuerzo. En el interior reinaba una tranquilidad sobrenatural. Las viejas luces de emergencia con batería de hidrógeno aún seguían emitiendo un brillo imperceptible. Un robot doméstico miraba hacia el umbral con los sensores muertos, sin energía. Era el imperio del silencio y la desolación.

La casa no ofrecía grandes pistas. Enseres y muebles se parecían a los de aquella época. Dado que la mayoría de obras escritas habían sido convertidas y preservadas en el siglo XXII, decidí no dedicar mis atenciones a los libros que quedaban en los estantes. Varias de las habitaciones contenían aparatos de video y viejos ordenadores. Comprendí haber dado con la habitación de Fabrizio al ver que algunos papeles en el suelo hacían mención explícita de su nombre. Escarbé sin éxito en los armarios y en las cajas, en busca de documentación que hubiese resistido durante todos esos años. Las pilas de discos compactos eran inútiles: los cambios de temperatura y la degradación del tinte grabado habían echado a perder gigabytes de datos valiosos. El único CD que pude leer, un “Memorex” de superficie negra de alta calidad, contenía únicamente ficheros de música. A juzgar por el desorden y la falta de etiquetado de los soportes, mi antepasado debía ser un personaje caótico.

Fue en ese momento que me invadió la frustración más grande, conforme comencé a constatar que la informatización desastrosa de hace cuatro siglos había sentado las bases para la pérdida de casi toda la historia de la época. Las memorias de estado sólido que conseguí hallar eran totalmente inaccesibles. La antigua informática de la Tercera Revolución Industrial, pensada para millones de consumidores y para ciclos de vida de no más de cinco años, no había podido superar la cadena de desastres que embistió el planeta en la mitad del siglo XXI. Con el optimismo suicida de una economía en expansión, las corporaciones habían cumplido el sueño utópico de la vida digital, pero no se habían preocupado de su conservación, dando por sentadas una estabilidad social perenne y la responsabilidad de los usuarios a la hora de almacenar copias de seguridad. Pero no creo que mi antepasado pusiera sus discos compactos en la nevera, ni que sacase copia impresa de alta calidad de cualquier transacción que hiciese.

La Segunda Ley era inexorable. El disco duro del ordenador personal estaba desmagnetizado, así como el del portátil. Una cámara digital Nikon, que ahora sería una auténtica joya para coleccionistas, yacía con un objetivo de 30mm montado y la ranura de la tarjeta SD abierta y vacía. Dándole energía a la cámara pude leer el contador interno de disparos: 43455. Nadie podría ver nunca las fotos captadas, ya que no existían copias impresas – a diferencia de las que sí pude hallar en las habitaciones de otro antepasado mío, con toda probabilidad el padre de Fabrizio. Aun suponiendo que Fabrizio hubiese participado del auge de las redes sociales y de la web 2.0, nada de ello podría ser de utilidad, ya que la copia caché de Arpanet (o Internet) había sido borrada por error en el año 2153. La suerte no sonreía a los nostálgicos como yo.

Estuve a punto de maldecir el tiempo perdido cuando di con una caja negra de aspecto prometedor. Al soltar el cierre la tapa se levantó ligeramente, dejando al descubierto un hatajo increíble de papelitos amarillos y blancos: era la única documentación impresa que encontré sobre Fabrizio. La componían docenas de facturas de compra y hojas con anotaciones confusas, escritas con caligrafía arcaica. La mayoría de comprobantes de compra, vestigio de la relación entre los ciudadanos y las corporaciones, eran fragilísimas láminas de papel blanco, sin nada visible (y tengo entendido que el fenómeno ocurría a los pocos años).

Tuve más suerte con los “postits”, pequeños trozos de papel adhesivo gracias a los cuales pude reconstruir un mínimo de historia: pasiones resumidas en pocas palabras, direcciones, números de algún sistema de telefonía primitivo, dibujitos, listas de la compra y de objetivos futuros (”tesis”, “adelgazar”, “idiomas”, “oposiciones” y otros términos que no me decían nada significativo). La vida de mi antepasado, que imagino intensa, estaba condensada en esos mediocres cuadrados de papel. Todo lo que Fabrizio había creado estaba perdido para siempre, como una partícula de polvo flotando en el aire, y mi búsqueda había sido infructuosa.

El siglo XXI seguía siendo el gran espacio vacío en la historia de mi familia.

[Fin del grabado]