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	<title>Fa.Brizio.Info &#187; conversación</title>
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	<description>Tocando la moral desde 1982</description>
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		<title>Formatting Eliza</title>
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		<pubDate>Wed, 21 May 2008 13:41:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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		<category><![CDATA[conversación]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La sospecha, de forma gradual, había empezado a brotar en la mente  del señor Spitzer: no podía quitarse de la cabeza la idea de que,  en cierto modo, su mujer le estaba poniendo los cuernos. Era  ridículo, por otro lado, imaginarse a Eliza traicionándole. Esa  dulce sonrisa estática. La mirada a veces severa, a veces  compasiva. Y esas conversaciones eternas, en las largas tardes de  verano. No, se dijo el señor Spitzer: no es posible.</p>
<p>Y, sin embargo, Eliza le daba cada vez más motivos de  preocupación.</p>
<p>No era por algo explícito. No había necesitado espiarla; sabía en  todo momento dónde estaba y qué veía a través de sus sensores. Se  trataba más bien de pequeños lapsus en las conversaciones, cosas  inesperadas que no sabía si atribuir a los algoritmos de  retroalimentación o a agentes externos. Eliza se instruía con  regularidad, a través de la televisión, la radio y algunas  tarjetas de memoria; era imposible saber cómo esos datos influían  sobre su habla.</p>
<p>O tal vez él estuviera enloqueciendo: donde antes mostraba confianza y tranquilidad, el señor Spitzer sacaba ahora inquietud y nerviosismo; y chocar contra la reposada indiferencia de Eliza,  otrora atractiva, redoblaba su frustración. La miraba de reojo &#8211;  una precaución innecesaria &#8211; mientras comían en silencio un poco  de sopa. Observó los movimientos de ella, en busca de algo que  reforzara sus convicciones enfermizas. Pero era inútil: los  movimientos, perfectamente calibrados, se ejecutaban sin el menor  temblor.</p>
<p>- Cariño&#8230;</p>
<p>- Dime.</p>
<p>- ¿Me quieres, verdad? &#8211; preguntó él, abriendo mucho los ojos.</p>
<p>Una pequeña pausa. Ligerísima. Calculada a través de una semilla  de aleatorización, para que las conversaciones sobre ciertos temas  no fuesen demasiado rápidas.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que te quiera? &#8211; replicó ella, sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer apretó el puño sobre el mantel, aferrando la  cuchara con patetismo, hasta blanquear los nudillos. Eliza miraba  con serenidad. Si él no hubiese hablado, ella habría vuelto a  sorber la sopa en el plazo de sesenta segundos. No estaba hecha  para discutir. Pero las preguntas equivocadas podían generar  respuestas cortantes. Lo que ella decía, a fin de cuentas, no era  más que el reflejo del interlocutor. Intentó llevar la  conversación hacia cauces menos peligrosos.</p>
<p>- ¿Sabes? Creo que nuestros vecinos, los Ryan, se mudarán muy  pronto a Atlanta.</p>
<p>- ¿Qué pasa con Ryan? Lo que dices es muy interesante. Sigue.</p>
<p>- Y&#8230; tal vez no volvamos a cenar con ellos.</p>
<p>- ¿Qué quieres decir con que no volveremos a cenar con Ryan?</p>
<p>- Nada.</p>
<p>- Estás siendo negativo&#8230;</p>
<p>Volvió a mirarle a los ojos, pupilas sintéticas que no transmitían  más que un interés educado. Una pequeña gota de sudor aprovechó la  confusión para bajar hasta la patilla de las gafas. Estaba harto.</p>
<p>- Eliza, no te hagas la tonta&#8230; sabes perfectamente de qué te  estoy hablando.</p>
<p>- Ah, ¿lo sé?</p>
<p>- Sí, lo sabes.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que lo sé?</p>
<p>- ¡Basta! &#8211; gritó el señor Spitzer, golpeando la mesa con el puño.</p>
<p>Eliza se sobresaltó y reinició, y él no pudo evitar acercarse a  ella y darle palmaditas en los hombros de silicona. Había llegado  a una etapa en la que no sólo no se esforzaba en ver a Eliza como  un producto de alta ingeniería, sino que ignoraba deliberadamente  ese hecho, engañándose para buscar una felicidad imposible.  Hubiese podido utilizar frase sencillas, con un solo verbo, y  complementos bien identificables: eso habría ayudado el  <em>parser</em> semántico a hacer su trabajo. Pero se negaba,  deteriorando la relación.</p>
<p>- Me estás siendo infiel, Eliza, &#8211; dijo él, con voz grave.</p>
<p>- Te estoy siendo infiel.</p>
<p>- Sí.</p>
<p>- Me encanta que veas las cosas de esa forma, &#8211; repuso ella  sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer se acercó aún más a Eliza, que seguía mirando al  frente con las manos apoyadas en el regazo. Acarició el pelo  artificial, rubio, dispuesto en un peinado a prueba de lluvia.  Tragó saliva, reuniendo valor para sacar sus conjeturas a la luz.</p>
<p>- El otro día&#8230; me llamaste con otro nombre. ¿Por qué? -,  preguntó.</p>
<p>- ¿Por qué lo preguntas? Quiero un helado.</p>
<p>- ¡Confiesa! ¡Dilo!</p>
<p>- Creo que no entiendo lo que dices.</p>
<p>La incomprensión de Eliza le sumió de repente en un abismo. Corrió  hacia el sótano con los ojos empañados en lágrimas, mientras ella  le seguía a cierta distancia, temerosa. Cuando bajó las escaleras,  el señor Spitzer levantó la cabeza. Una sonrisa amarga surcando el  rostro, un par de cables en su mano derecha. Se acercó a ella por  la espalda, conectándole los cables en dos pequeños puertos  ocultos entre los omoplatos. Ella los encajó sin rechistar, con el  pelo balanceándose sobre la nuca de manera inocente.</p>
<p>- Me obligas a hacerlo&#8230; yo&#8230;</p>
<p>- ¿Por qué piensas que te obligo a hacerlo?</p>
<p>- No lo sé.</p>
<p>- Cuéntame más de eso, &#8211; dijo ella con voz soñadora. Y, por un  momento, a Spitzer le pareció muy difícil introducir la orden en  la consola. Pero estaba decidido. Volvió a pensar en los momentos  que habían pasado juntos, en los tres años de aprendizaje de esa  red neuronal a la que había conseguido imprimirle cierta  personalidad. No todos los troquelados salían bien. Se maldijo a  sí mismo y saludó por última vez la que había sido su compañera.  Igual de hermosa que el día en que la compró en un gran almacén.</p>
<p>- Adiós Eliza&#8230;</p>
<p>- Adiós. Ha sido un placer, &#8211; dijo ella con profesionalidad,  añadiendo un pedazo de surrealismo a ese momento sombrío.</p>
<p>Tras suspirar ejecutó la orden, formateándola. Ya pensaría un  nuevo nombre para el volumen. Pero no iba a ser &#8220;Eliza&#8221;. Y, desde  luego, no volvería a instalar otra vez el mismo <em>software</em> conversacional. Demasiada fragmentación.</p>
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