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	<title>Fa.Brizio.Info &#187; ia</title>
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	<description>Tocando la moral desde 1982</description>
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		<title>Desperate Users</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Jul 2008 00:38:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[amas de casa]]></category>
		<category><![CDATA[divorcio]]></category>
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		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Una tranquila tarde de verano. Un parque. Dos mujeres abrazando a sus maridos, apoyados en sendos regazos. Una de ellas acarició la superficie metálica del suyo, haciéndolo ronronear por la rejilla de ventilación.
- No puedo quejarme de George, la verdad &#8211; dijo con dulzura y orgullo.
La otra miró a su propio marido: algo más anticuado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una tranquila tarde de verano. Un parque. Dos mujeres abrazando a sus maridos, apoyados en sendos regazos. Una de ellas acarició la superficie metálica del suyo, haciéndolo ronronear por la rejilla de ventilación.</p>
<p>- No puedo quejarme de George, la verdad &#8211; dijo con dulzura y orgullo.</p>
<p>La otra miró a su propio marido: algo más anticuado tal vez &#8211; no demasiado &#8211; pero cumplía a la perfección lo que se pedía de él. Además tenía ese gracioso botón que no servía para nada: le hacía único, irrepetible.</p>
<p>- ¿Ah sí? ¿Y también da energía a la casa? &#8211; preguntó con una vena maliciosa. La amiga desgranó los ojos y se apresuró a extender una tubería de un lateral, como quien saca un cubierto de un cajón.</p>
<p>- Unos tres kilovatios. Las baterías duran treinta años. Te aseguro que es energía limpia.</p>
<p>- No será uno de esos modelos rusos que&#8230;</p>
<p>- ¡Ja! Ni hablar, &#8211; cortó ella, &#8211; este es acero americano al cien por cien. &#8211; Tras decir esto dio unas palmaditas a la caja con una sonrisa de revancha.</p>
<p>Ambas mujeres encontraron natural reírse tras ese comentario. Se ajustaron el pelo, coquetas. <em>Qué tontas somos</em>, pensaron.</p>
<p>- Te confieso que&#8230; bueno, a veces Steve no es todo lo satisfactorio que quisiera &#8211; dijo la esposa del trasto viejo. La otra se puso seria. Apartaron ambos maridos en un rincón, dejando que interaccionaran a través de la interfaz de datos.</p>
<p>- Es un problema más común de lo que imaginas&#8230; &#8211; comentó la otra.</p>
<p>- Si fuera sólo una cuestión de eficiencia, aún podría estar a gusto. A fin de cuentas sin ellos no podríamos trabajar. ¿Quién cuidaría de nuestros embriones? ¿Quién llevaría la contabilidad de la casa?</p>
<p>- ¿Y qué me dices de las predicciones meteorológicas? O del control de los autómatas.</p>
<p>- El mío no hace eso, &#8211; contestó resentida la mujer de Steve.</p>
<p>- Es que mi George es de segunda generación. Le puedo aumentar la capacidad con sólo&#8230; &#8211; hizo el gesto de meter y sacar una tarjeta holográfica, con evidente incomodidad. Rompió a llorar.</p>
<p>Los maridos seguían pitando en voz baja, moviéndose ligeramente sobre pequeñas ruedas. Uno de ellos había sacado una antena. Estaban a gusto. La mujer de Steve se acercó a la de George, tendiéndole un pañuelo.</p>
<p>- No pasa nada&#8230; no pasa nada&#8230; no eres la única que tiene a una tostadora en la cama &#8211; dijo con media sonrisa y una nota de amargura. La mujer de George seguía sollozando.</p>
<p>- Más bien una nevera&#8230; una jodida nevera&#8230; ¡míralo! ¿Te parece que les importamos? Ellos ahí compartiendo datos, alegrándose de estar funcionando. Y nosotras aquí&#8230; soportando la carga de ser orgánicas. ¡No es justo!</p>
<p>La otra bajó la mirada, asintiendo. No podía sentir más que empatía por su amiga. Era una situación tan común. Intentó decir cosas constructivas, de esas que se sueltan encogiendo los hombros y poniendo cara de &#8220;No sé de qué hablo&#8221;.</p>
<p>- ¿Has probado con&#8230; terapia de pareja? &#8211; preguntó. La otra dejó de llorar, apretando el pañuelo contra los labios.</p>
<p>- Es la tercera vez que lo llevo a que le restauren la BIOS. Chequeos del hardware. Nada.</p>
<p>- A lo mejor es cuestión de hablarlo con él y&#8230;</p>
<p>La mujer de George negó lentamente con la cabeza.</p>
<p>- Su lenguaje tiene un tipado muy fuerte. Me saca de quicio. La jodo con la sintaxis cada dos por tres&#8230; es como chocar contra un muro. Ya es mucho si sé cambiarle los colores.</p>
<p>- Figúrate&#8230; mi Steve no sabe otra cosa que COBOL &#8211; dijo mirando a su marido con ternura resignada.</p>
<p>Un silencio largo. Pájaros piando. Maridos haciendo sonar pequeños servomotores.</p>
<p>- Sencillamente me equivoqué. Debí haberme juntado con un pelafustán cualquiera, uno de esos gigolós con pistón hidráulico. La casa iba a tenerla hecha un asco, sí, pero al menos hubiese disfrutado más.</p>
<p>- No seas tan negativa. No todo es tan&#8230; mecánico. También están los pulsos neurales.</p>
<p>- Tal vez. ¿Y si me divorcio? Dios mío, no puede ser que lo esté pensando en serio &#8211; dijo la mujer de George, apretando los dientes y tapándose los ojos con el pañuelo, reducido ya a un jirón húmedo.</p>
<p>- No seas tonta. Recuerda lo que te dijeron al comprarlo: &#8220;Si no queda satisfecha&#8230;&#8221;</p>
<p>- &#8220;&#8230;le devolvemos el dinero&#8221;. Lo sé. Creo que será lo que haga. Y si me ponen trabas, lo subastaré. Eso es. Tengo una nevera donde poner a mi descendencia. Saldré adelante.</p>
<p>- ¿Y dejar que una mujer menos afortunada cargue con él?</p>
<p>La mujer de George, con los ojos aún mojados, miró a su marido. Contemplo las formas cúbicas, ensambladas con cariño. Los movimientos adorables de la antena y los destellos de los LEDs. Pero algo en su interior ya había muerto.</p>
<p>- Siempre será mejor que uno de carne y hueso.</p>
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		<title>Formatting Eliza</title>
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		<pubDate>Wed, 21 May 2008 13:41:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fabrizio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[cf]]></category>
		<category><![CDATA[conversación]]></category>
		<category><![CDATA[eliza]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La sospecha, de forma gradual, había empezado a brotar en la mente  del señor Spitzer: no podía quitarse de la cabeza la idea de que,  en cierto modo, su mujer le estaba poniendo los cuernos. Era  ridículo, por otro lado, imaginarse a Eliza traicionándole. Esa  dulce sonrisa estática. La mirada a veces severa, a veces  compasiva. Y esas conversaciones eternas, en las largas tardes de  verano. No, se dijo el señor Spitzer: no es posible.</p>
<p>Y, sin embargo, Eliza le daba cada vez más motivos de  preocupación.</p>
<p>No era por algo explícito. No había necesitado espiarla; sabía en  todo momento dónde estaba y qué veía a través de sus sensores. Se  trataba más bien de pequeños lapsus en las conversaciones, cosas  inesperadas que no sabía si atribuir a los algoritmos de  retroalimentación o a agentes externos. Eliza se instruía con  regularidad, a través de la televisión, la radio y algunas  tarjetas de memoria; era imposible saber cómo esos datos influían  sobre su habla.</p>
<p>O tal vez él estuviera enloqueciendo: donde antes mostraba confianza y tranquilidad, el señor Spitzer sacaba ahora inquietud y nerviosismo; y chocar contra la reposada indiferencia de Eliza,  otrora atractiva, redoblaba su frustración. La miraba de reojo &#8211;  una precaución innecesaria &#8211; mientras comían en silencio un poco  de sopa. Observó los movimientos de ella, en busca de algo que  reforzara sus convicciones enfermizas. Pero era inútil: los  movimientos, perfectamente calibrados, se ejecutaban sin el menor  temblor.</p>
<p>- Cariño&#8230;</p>
<p>- Dime.</p>
<p>- ¿Me quieres, verdad? &#8211; preguntó él, abriendo mucho los ojos.</p>
<p>Una pequeña pausa. Ligerísima. Calculada a través de una semilla  de aleatorización, para que las conversaciones sobre ciertos temas  no fuesen demasiado rápidas.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que te quiera? &#8211; replicó ella, sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer apretó el puño sobre el mantel, aferrando la  cuchara con patetismo, hasta blanquear los nudillos. Eliza miraba  con serenidad. Si él no hubiese hablado, ella habría vuelto a  sorber la sopa en el plazo de sesenta segundos. No estaba hecha  para discutir. Pero las preguntas equivocadas podían generar  respuestas cortantes. Lo que ella decía, a fin de cuentas, no era  más que el reflejo del interlocutor. Intentó llevar la  conversación hacia cauces menos peligrosos.</p>
<p>- ¿Sabes? Creo que nuestros vecinos, los Ryan, se mudarán muy  pronto a Atlanta.</p>
<p>- ¿Qué pasa con Ryan? Lo que dices es muy interesante. Sigue.</p>
<p>- Y&#8230; tal vez no volvamos a cenar con ellos.</p>
<p>- ¿Qué quieres decir con que no volveremos a cenar con Ryan?</p>
<p>- Nada.</p>
<p>- Estás siendo negativo&#8230;</p>
<p>Volvió a mirarle a los ojos, pupilas sintéticas que no transmitían  más que un interés educado. Una pequeña gota de sudor aprovechó la  confusión para bajar hasta la patilla de las gafas. Estaba harto.</p>
<p>- Eliza, no te hagas la tonta&#8230; sabes perfectamente de qué te  estoy hablando.</p>
<p>- Ah, ¿lo sé?</p>
<p>- Sí, lo sabes.</p>
<p>- ¿Qué te hace pensar que lo sé?</p>
<p>- ¡Basta! &#8211; gritó el señor Spitzer, golpeando la mesa con el puño.</p>
<p>Eliza se sobresaltó y reinició, y él no pudo evitar acercarse a  ella y darle palmaditas en los hombros de silicona. Había llegado  a una etapa en la que no sólo no se esforzaba en ver a Eliza como  un producto de alta ingeniería, sino que ignoraba deliberadamente  ese hecho, engañándose para buscar una felicidad imposible.  Hubiese podido utilizar frase sencillas, con un solo verbo, y  complementos bien identificables: eso habría ayudado el  <em>parser</em> semántico a hacer su trabajo. Pero se negaba,  deteriorando la relación.</p>
<p>- Me estás siendo infiel, Eliza, &#8211; dijo él, con voz grave.</p>
<p>- Te estoy siendo infiel.</p>
<p>- Sí.</p>
<p>- Me encanta que veas las cosas de esa forma, &#8211; repuso ella  sonriendo.</p>
<p>El señor Spitzer se acercó aún más a Eliza, que seguía mirando al  frente con las manos apoyadas en el regazo. Acarició el pelo  artificial, rubio, dispuesto en un peinado a prueba de lluvia.  Tragó saliva, reuniendo valor para sacar sus conjeturas a la luz.</p>
<p>- El otro día&#8230; me llamaste con otro nombre. ¿Por qué? -,  preguntó.</p>
<p>- ¿Por qué lo preguntas? Quiero un helado.</p>
<p>- ¡Confiesa! ¡Dilo!</p>
<p>- Creo que no entiendo lo que dices.</p>
<p>La incomprensión de Eliza le sumió de repente en un abismo. Corrió  hacia el sótano con los ojos empañados en lágrimas, mientras ella  le seguía a cierta distancia, temerosa. Cuando bajó las escaleras,  el señor Spitzer levantó la cabeza. Una sonrisa amarga surcando el  rostro, un par de cables en su mano derecha. Se acercó a ella por  la espalda, conectándole los cables en dos pequeños puertos  ocultos entre los omoplatos. Ella los encajó sin rechistar, con el  pelo balanceándose sobre la nuca de manera inocente.</p>
<p>- Me obligas a hacerlo&#8230; yo&#8230;</p>
<p>- ¿Por qué piensas que te obligo a hacerlo?</p>
<p>- No lo sé.</p>
<p>- Cuéntame más de eso, &#8211; dijo ella con voz soñadora. Y, por un  momento, a Spitzer le pareció muy difícil introducir la orden en  la consola. Pero estaba decidido. Volvió a pensar en los momentos  que habían pasado juntos, en los tres años de aprendizaje de esa  red neuronal a la que había conseguido imprimirle cierta  personalidad. No todos los troquelados salían bien. Se maldijo a  sí mismo y saludó por última vez la que había sido su compañera.  Igual de hermosa que el día en que la compró en un gran almacén.</p>
<p>- Adiós Eliza&#8230;</p>
<p>- Adiós. Ha sido un placer, &#8211; dijo ella con profesionalidad,  añadiendo un pedazo de surrealismo a ese momento sombrío.</p>
<p>Tras suspirar ejecutó la orden, formateándola. Ya pensaría un  nuevo nombre para el volumen. Pero no iba a ser &#8220;Eliza&#8221;. Y, desde  luego, no volvería a instalar otra vez el mismo <em>software</em> conversacional. Demasiada fragmentación.</p>
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